Pueblos indígenas de todo el mundo sufren el trauma de la reubicación y el asentamiento forzosos. Se ven a sí mismos en un entorno al que no están acostumbrados, donde no hay nada útil que hacer, y donde son tratados con desdén racista por sus nuevos vecinos.
Es frecuente que se lleve a sus hijos a colegios de régimen interno, que los separan de sus comunidades y donde a menudo prohíben o ridiculizan su lengua y sus tradiciones.
Alienados y sin esperanza, muchos consumen drogas y alcohol. Proliferan la violencia doméstica y el abuso sexual. Muchos recurren al suicidio. En Canadá, los grupos indígenas que han perdido la conexión con sus tierras presentan tasas de suicidio 10 veces mayores que la media nacional; aquéllos con vínculos fuertes a menudo ni lo conocen.
'Los guaraní se están suicidando porque no tenemos tierras. Ya no tenemos espacio. Antes éramos libres; ahora ya no somos libres. Por eso, nuestros jóvenes miran a su alrededor y piensan que no queda nada y se preguntan cómo pueden vivir. Se sientan y piensan, olvidan, se pierden, y al final, se suicidan.’
Rosalino Ortiz, Guarani
Ñandeva, Brazil, 1996
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