Saliendo poco a poco del aislamiento
Los zo’és, a los que identificamos rápidamente por los largos palos que llevan en el labio inferior, mantuvieron su primer encuentro con foráneos en 1987, cuando misioneros evangélicos los contactaron. Diezmados por la enfermedad poco después, su población vuelve a crecer de nuevo.
Los zo’és han vivido tranquilamente en la densa selva que hay entre los ríos Erepecuru y Cuminapanema desde tiempos inmemoriales.
En las décadas de los años cuarenta y cincuenta, los hombres que cazaban jaguares y otros felinos salvajes para sacar provecho de sus pieles fueron los primeros en interrumpir la paz de la selva. Después, los buscadores de oro y los recolectores de nueces brasileñas también comenzaron a adentrarse en ella.
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| Los zo'é viven en las profundidades de la selva amazónica y construyen casas en medio de sus huertos, donde cultivan verduras y frutas como la yuca y la banana. © Fiona Watson/Survival |
Los zo’és habían tenido encuentros fugaces con estas personas, pero no se les alteró hasta 1975, cuando un vuelo de reconocimiento de minerales sobre la selva avistó a una de sus comunidades. Las personas del vuelo regresaron para lanzar productos desde el avión, y después informaron que los zo’és los pisotearon y los enterraron.
Con el tiempo, una comunidad misionera de Brasil supo de la existencia de los zo’és, y en 1987 la Misión Nuevas Tribus estableció un puesto y una pista de aterrizaje junto a su territorio.
Según los propios misioneros, el primer contacto definitivo con los zo’és tuvo lugar el 5 de noviembre de 1987. Durante varios días antes del contacto, grupos de zo’és habían estado observando secretamente a los misioneros en su puesto. Años después, un cazador zo’é recordó cómo se divertían con las técnicas de caza de los misioneros, ya que no se movían con rapidez por el bosque. También les hizo gracia cómo transportaba uno de ellos un pecarí sobre sus espalda “con su cabeza colgando y sus mandíbulas haciendo chasquidos”.
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| Actualmente la población de los zo'és se ha estabilizado, tras las devastadoras epidemias que los asolaron en la década de los años ochenta. © Fiona Watson/Survival |
Finalmente, algunos zo’és fueron al puesto e intercambiaron puntas de flecha rotas por productos de los misioneros. Poco a poco más zo’és fueron llegando y construyendo sus hogares cerca del puesto, atraídos por la disponibilidad de herramientas útiles como machetes, cuchillos, sartenes y aparejos de pesca.
Pero la tragedia no tardó en llegar: los zo’és comenzaron a padecer enfermedades frente a las que no tenían inmunidad. Con tantos zo’és en un mismo lugar, la gripe, el tifus y la malaria se propagaron rápidamente. Como la situación empeoraba, los misioneros contactaron con el departamento de asuntos indígenas del Gobierno de Brasil, la FUNAI, que envió a equipos médicos. Las epidemias devastaron a la tribu: aproximadamente un cuarto de los zo’és murió entre 1982 y 1988.
Como reacción por la catástrofe, la FUNAI expulsó del lugar a los misioneros en 1991, e intentó convencer a los zo’és para que regresaran a sus antiguas comunidades.
La FUNAI ha establecido ahora un puesto de última generación con mini hospital incluido para tratar a cualquier zo’é que caiga enfermo, y evitar de este modo la necesidad de trasladarlos a las ciudades más cercanas para ser tratados. A cualquier foráneo que visite a los zo’és se le somete a un minucioso reconocimiento médico antes de que pueda acceder a su territorio. Como resultado de estas acciones, la población de los zo’és se ha estabilizado y está creciendo de forma gradual. Hoy en día hay unos 250 zo’és.