Artículo escrito por Fiore Longo, investigadora de Survival International y coordina la campaña Descolonicemos la Conservación de Survival. Este artículo se publicó en Climática-La Marea y originalmente en inglés en Common Dreams, en octubre de 2021.

 

Indígenas bakas, Messok Dja, República Democrática del Congo. En África y Asia, la creación de Áreas Protegidas ha provocado violencia, hambre y un dramático deterioro de las condiciones de salud de la población indígena y local.Indígenas bakas, Messok Dja, República Democrática del Congo. En África y Asia, la creación de Áreas Protegidas ha provocado violencia, hambre y un dramático deterioro de las condiciones de salud de la población indígena y local. © Survival International

Imagina que eres del pueblo baka, cazador-recolector en la selva de la cuenca del Congo. Esta tierra es vuestro hogar desde hace generaciones. Conoces cada piedra y cada árbol que hay allí. Tus abuelos están sepultados bajo ella. Tú y tu pueblo la habéis mantenido, cuidado y amado. Ahora imagina que te expulsan y que destruyen tu casa porque, como te cuentan, un hombre blanco que vive muy lejos considera que tu selva debería convertirse en un Área Protegida en la que solo deben vivir elefantes. «Es que este señor ama a los elefantes», te dicen… Al hombre blanco le gustan los elefantes. Parece que salió al espacio y se dio cuenta de que le gusta tu selva y de que le preocupa el cambio climático. Casualmente, este hombre fundó una empresa que el año pasado generó 60,64 millones de toneladas métricas de dióxido de carbono, es decir, el equivalente a quemar 140 millones de barriles de petróleo. Sin embargo, por lo que te cuentan, si se protege tu selva podrá sentirse mejor con respecto a sus emisiones de CO2. Tal vez te preguntes por qué no detiene sus emisiones en vez de destruir tu vida. La respuesta es: el dinero. Quizás también te preguntes cómo es posible la gente se crea que está haciendo algo bueno. Bien, pues la respuesta a esto es el tema de este artículo.

Con la proliferación de movimientos en defensa del clima y la aceleración del calentamiento global, la crisis climática ya es innegable para la mayoría. A pesar de ello, las emisiones siguen aumentando. En vez de enfrentarse a la crisis, los gobiernos, las empresas y las grandes ONG conservacionistas piden ayuda al sector financiero, ocultando su inacción y engañando a la ciudadanía con consignas falsas y peligrosas como «nature positive«, «soluciones basadas en la naturaleza«, «cero emisiones netas».

Estas supuestas «soluciones» son en su gran mayoría promesas vacías que comportarán violaciones masivas de los derechos de los pueblos indígenas sin que resuelvan la crisis climática. Desvían la atención de las causas reales de la destrucción del medioambiente y del cambio climático, y de quienes son los principales responsables, y todo ello a costa de los pueblos indígenas y las comunidades locales que no tienen culpa alguna.

¿Qué son las Soluciones basadas en la Naturaleza (SbN)?

Su nombre suena bien, ¿verdad? Este concepto apareció por primera vez en 2009 durante una ponencia de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (IUCN) de cara a las negociaciones climáticas globales, y las grandes organizaciones conservacionistas lo calificaron como «la solución olvidada» al cambio climático. La idea es muy sencilla: la naturaleza tiene soluciones para nuestras diversas crisis medioambientales y, en el caso del cambio climático, podemos mitigarlo evitando más emisiones de los ecosistemas naturales y agrícolas (es decir, creando más Áreas Protegidas) o incrementando el secuestro de carbono dentro de ellos (es decir, plantando árboles o repoblando bosques). Ahí está: una solución mágica, que no depende de grandes cambios para las grandes economías y sus principales industrias.

En los debates globales sobre el clima y la biodiversidad resuena cada vez más la afirmación de que el 30% de mitigación del cambio climático en todo el mundo puede lograrse mediante Soluciones basadas en la Naturaleza (SbN).

El verdadero problema comienza cuando las SbN se presentan como la mejor opción para abordar la crisis climática, ofreciendo una solución fácil que no implica una reducción de la quema de combustibles fósiles ni un cambio en nuestras pautas de consumo, que son precisamente las causas reales del cambio climático. Pero a medida que aumenta las áreas de implementación de las SbN, se multiplica la probabilidad de que tengan consecuencias nefastas para los pueblos indígenas y otras comunidades locales.

En realidad, tras este nombre que suena tan bien se oculta el habitual (¡y nada nuevo!) enfoque basado en el mercado. Por decirlo en términos prácticos, las SbN dan un nuevo impulso a lo que solía llamarse compensaciones de las emisiones de carbono. En este contexto, la naturaleza se considera un capital o un activo, algo a lo que podemos poner precio y con lo que comerciar en el mercado. Pongamos que Shell (una de las grandes defensoras de las SbN) emite una cantidad X de CO2 a la atmósfera. Para poder afirmar que respeta sus compromisos climáticos, Shell puede seguir emitiendo exactamente la misma cantidad de CO2, siempre que apoye también la creación de un Área Protegida que almacene la misma cantidad de CO2 o plante algunos árboles que se supone absorberán la misma cantidad de CO2.

Este intercambio, por descontado, se lleva a cabo en los mercados financieros mediante la creación de créditos de carbono. Y esto es lo que los gobiernos entienden por «cero emisiones netas» (o neutralidad climática): la realidad es que no tienen la más mínima intención de reducir sus emisiones a cero, sino que les basta con afirmar que «compensan» dichas emisiones en alguna otra parte.

Transformar la naturaleza en una forma de capital (en este caso, en forma de créditos de carbono) que, por tanto, pueda venderse en el mercado es una idea tan novedosa que incluso ha recibido el apoyo del célebre conservacionista y divulgador naturalista Sir David Attenborough.

¿Qué hay de malo en ello?

Desde el punto de vista de la justicia: todo.

De acuerdo con el documento más citado como prueba por parte de quienes apoyan las SbN como solución mitigadora (publicado en 2017 con coautores que incluyen a comerciantes de carbono y representantes de una importante organización conservacionista), las SbN «pueden proporcionar un 37% de la mitigación eficiente del CO2 necesaria de aquí a 2030«. Esta cifra, expresada de diversas maneras («37%», «un tercio», «más de un tercio», etc.) se ha repetido machaconamente, adquiriendo credibilidad a base de tanta insistencia.

Pero ¿qué significa en realidad esta cifra? La forma más efectiva que se conoce para extraer dióxido de carbono de la atmósfera consiste en plantar árboles. En efecto, de acuerdo con los cálculos de 2017, la reforestación representa casi la mitad del potencial de mitigación climática mediante las SbN. Pero para alcanzar este objetivo sería necesario plantar árboles en una superficie estimada de casi 700 millones de hectáreas, prácticamente la extensión de Australia. ¿Dónde se encontrarán estas tierras? Seguro que no en España o Francia (entre los países que apoyan las SbN). El riesgo evidente es que muchos pueblos indígenas y comunidades locales, que se encuentran entre quienes menor responsabilidad tienen por la crisis climática, pierdan sus tierras.

Amarlal Baiga, del pueblo indígena baiga, explica el impacto de la forestación compensatoria en su comunidad. En este caso se trata de compensación de la biodiversidad, pero el proceso y las devastadoras consecuencias son similares. «El departamento forestal puso por la fuerza vallas alrededor de mi campo y en los campos de todos. Colocaron vallas y plantaron árboles de teca. Esta tierra es nuestra, pertenecía a nuestros antepasados. Nos hicieron plantar los árboles, se rieron de nosotros diciendo ‘estas plantas os beneficiarán’, pero ahora nos acosan y dicen ‘esta selva es nuestra y esta tierra ya no os pertenece'».

Las tierras de su comunidad figuran en un proyecto de forestación compensatoria. En India, cuando se destruyen bosques para, por ejemplo, abrir minas, las empresas responsables tienen que dar dinero al fondo CAMPA, dinero que se destinaría a proyectos de repoblación forestal, pero que por lo general sirven para sustituir bosques biodiversos por monocultivos, a menudo en tierras de pueblos indígenas.

Otra de las SbN que se están impulsando, junto a la forestación, es la creación de las llamadas Áreas Protegidas. La nueva iniciativa de biodiversidad de la Comisión Europea, llamada NaturAfrica, considera las áreas de conservación como enormes sumideros de carbono, que pueden «proporcionar interesantes oportunidades para generar flujos de ingresos para las comunidades a través de créditos de carbono».

Sin embargo, esta medida también se traduce en una grave amenaza para los pueblos indígenas. Varias organizaciones de defensa de los derechos humanos e investigaciones independientes llevan años demostrando cómo la creación de Áreas Protegidas, sobre todo en África y Asia, se implementa sin el consentimiento de las comunidades indígenas o locales, a las que se prohíbe entrar a sus tierras ancestrales, y supone un aumento de la militarización y la violencia en esas regiones. Las Áreas Protegidas destruyen a los mejores guardianes del mundo natural, los pueblos indígenas, en cuyas tierras se concentra el 80 % de la biodiversidad del planeta.

Es surrealista que un cazador-recolector de la cuenca del Congo, cuyo estilo de vida ha mantenido y protegido esos bosques, no pueda acceder a las tierras y alimentos que constituyen su sustento, o que sea torturado y sufra los abusos de un guardaparques solo porque en el otro lado del mundo un hombre blanco rico, cuyas empresas contaminan masivamente, piensa que puede compensar sus emisiones creando un Área Protegida en Congo, en vez de dejar de explotar a los trabajadores, pagar impuestos y simplemente dejar de contaminar.

Claro que no solo los multimillonarios acarician esta idea. El sector conservacionista impulsa las SbN porque esto puede permitir generar enormes sumas de dinero con la venta de créditos de carbono de las Áreas Protegidas que gestiona a fin de crear nuevas Áreas Protegidas (y pagar los salarios más que millonarios a sus administradores).

Resulta que con estas «soluciones», los pueblos indígenas, pequeños campesinos, comunidades locales y pescadores perderán sus tierras por culpa de una crisis climática que no han provocado.

¿Y todo esto evitará las peores consecuencias del cambio climático?

Para nada.

Primero, porque muchos de los proyectos de plantación de árboles, que según dicen permitirán mitigar el cambio climático, consisten en plantar árboles de crecimiento rápido como eucaliptos y acacias que son más rentables. En realidad, esto puede incrementar el carbono en vez de reducirlo, pues conlleva eliminar vegetación existente y las nuevas plantaciones son más propensas a los incendios. La mayoría de estas plantaciones se cosechan al cabo de pocos años para fabricar productos como papel y carbón vegetal, que rápidamente devuelven a la atmósfera todo el carbono capturado. Los verdaderos bosques de árboles nativos tendrían que crecer durante décadas hasta poder absorber grandes cantidades de carbono. Finalmente, las grandes plantaciones de árboles destruyen la biodiversidad y las tierras de los pueblos indígenas.

Segundo, el plan de declarar como Áreas Protegidas el 30% de la superficie terrestre también se presenta como un medio para mitigar el cambio climático. Más allá del impacto desastroso en la diversidad humana, no hay pruebas científicas que demuestren que doblar la extensión de las Áreas Protegidas vaya a ser realmente bueno para la naturaleza. De los 20 objetivos del anterior plan de acción para la biodiversidad, vigente entre 2010 y 2020, el único que se ha alcanzado ha sido el aumento al 17% de la superficie terrestre declarada Área Protegida.

Paradójicamente, el propio sector conservacionista dice que la biodiversidad ha menguado aún más rápidamente durante dicho periodo. Un estudio de 2019,  que examinó más de 12.000 Áreas Protegidas en 152 países, revela que, excepto algunos casos concretos, esas reservas de conservación no han servido en absoluto a lo largo de los últimos 15 años para reducir la presión humana sobre la flora y la fauna silvestres. De hecho, en el interior de muchas de ellas la presión había aumentado en comparación con las áreas no protegidas. Muchas Áreas Protegidas atraen al turismo de masas y a menudo son lugares donde se practica la caza de trofeos, así como actividades de la industria maderera y minera.

Por último, el sector financiero nunca ha resuelto nuestros problemas y tampoco lo hará esta vez. Dejar que sea el mercado el que decida qué es importante y qué no en función del «valor económico» será probablemente catastrófico. ¿Acaso un territorio indígena, un bosque, un pastizal solo merecen ser protegidos por el carbono que almacenan? ¿Qué hay de la gente que vive en ese territorio y la diversidad incalculable que representa?

Vaya por delante que es justamente la explotación de los recursos naturales para obtener beneficios y la mercantilización de la naturaleza lo que nos ha llevado hasta aquí. El sector financiero busca ganar dinero, no proteger nuestro planeta.

Como afirmó claramente el director general de Mirova, una compañía de inversiones: «Es fácil calcular nuestros impactos en el clima. El impacto del carbono, toneladas equivalentes de CO2… Todo esto apunta a las finanzas. Cuando nos ponemos a hablar de deforestación o degradación de los ecosistemas es muy complejo, ya que no hay indicadores, ni siquiera estándares internacionales, para medir esos impactos».

Una prueba más de que esto va de dinero (y no de naturaleza) es el hecho de que son las multinacionales más grandes y contaminantes del mundo las que apoyan e implementan las SbN, junto con el sector conservacionista, con el fin de evitar los cambios drásticos que realmente haría falta implementar para afrontar la crisis climática. Entre las entidades que apoyan las SbN encontramos a: Nestlé, BP, Chevron, Equinor, Total, Shell, Eni, BHP, Dow Chemical Company, Bayer, Boeing, Microsoft, Novartis, Olam, Coca-Cola, Danone, Unilever, etc.

¿Mienten gobiernos y multinacionales cuando dicen que «actúan» para poner fin a la crisis climática?

Sí. Los mecanismos de compensación ya han demostrado que no sirven para prevenir el cambio climático. Ampliar masivamente estos mecanismos mediante Soluciones basadas en la Naturaleza será un fracaso todavía mayor. Es preciso abandonar los mecanismos de compensación como las SbN y que, en su lugar, los gobiernos regulen y obliguen a las empresas y al sector financiero a afrontar las causas reales de la destrucción medioambiental: la explotación de los recursos naturales con fines lucrativos y el creciente sobreconsumo, impulsado por el Norte Global. También hace falta descolonizar nuestros planteamientos y dejar de marginar y silenciar a los pueblos indígenas y a otras comunidades locales que protegen nuestro planeta desde hace generaciones.

Con este fin, los gobiernos deben respetar, proteger y reconocer plenamente los derechos de los pueblos indígenas y de otras comunidades locales sobre sus tierras. Finalmente, es preciso que cambiemos nuestra estructura económica y nuestro estilo de vida. Las únicas soluciones reales y justas para detener el cambio climático llegarán cuando estos temas se pongan sobre la mesa. Hasta la fecha, los líderes mundiales, las ONG conservacionistas, las empresas y algunos movimientos defensores del clima en el Norte Global han sido incapaces de hacerlo.

 

 

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