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Los últimos tres supervivientes akuntsus hablan del genocidio

Los akuntsus son un pequeño pueblo indígena de la Amazonia de solo tres integrantes. Son los últimos supervivientes conocidos de su pueblo y habitan en el estado de Rondônia, en el Brasil occidental.

En pocas décadas el pueblo indígena akuntsu habrá desaparecido y nuestro planeta habrá perdido un pueblo, un lenguaje y una cultura únicos.

Akuntsus

(Esta página se creó hace años y puede contener terminología en desuso).

Hoy en día, los akuntsus ocupan una pequeña parcela de bosque. Ha sido reconocida legalmente y demarcada por el Gobierno brasileño, pero se encuentra rodeada de enormes haciendas de ganado y plantaciones de soja. Éstas reemplazan a las que fueran extensas selvas de Rondônia, y que un día constituyeron el hogar de numerosos pueblos indígenas.

Viven en una comunidad en dos pequeñas malocas (casas comunales) hechas de paja. Son cazadores aficionados – el jabalí, el agutí y el tapir son piezas muy apreciadas -, y cultivan el maíz y la mandioca en pequeños huertos. También recolectan frutas del bosque y a veces pescan peces de pequeño tamaño en los arroyos.

Los akuntsus fabrican flautas de madera que utilizan en danzas y rituales. Llevan pulseras y tobilleras hechas de fibra de palmera. Los collares de conchas han sido sustituidos por otros de plástico brillante que los akuntsus recortan de contenedores de pesticida desechados por los terratenientes.
Para las ceremonias se pintan el cuerpo con bija (tinte de annato).

Konibu, el mayor de los dos hombres akuntsus, era chamán. Fabricaba rapé a partir de hojas de tabaco, lo inhalaba para comunicarse con el mundo de los espíritus y lo exhalaba sobre su familia y visitantes para alejar a los malos espíritus y para purificar el cuerpo.

Genocidio

En 1995, trabajadores de campo contratados por la FUNAI, el Departamento gubernamental de Asuntos Indígenas, contactó con un grupo de cinco indígenas kanoês, un grupo que vive en la misma zona que los akuntsus. Los kanoês informaron a la FUNAI de que habían visto huertos y viviendas pertenecientes a otro grupo aislado cercano, al que conocían por el nombre de akuntsu.

Ese mismo año, pocos meses después, contactaron finalmente con los akuntsus. De forma alarmante, su número ascendía a tan sólo siete individuos. Desde entonces Konibu (año 2016) y una de sus hijas (año 2000) han muerto. También Ururu, la mujer más anciana, falleció en octubre de 2009.

La FUNAI tenía evidencias de la existencia de indígenas aislados en Rondônia desde los años setenta. La construcción de una carretera de gran envergadura, conocida como la BR-364, trajo consigo oleadas de ganaderos, madereros, especuladores de tierra y colonos que fueron ocupando el Estado.

A medida que se destruía más y más bosque, los grupos aislados se iban viendo forzados a escapar de las excavadoras y a buscar refugio en áreas menguantes de bosque. Jamás sabremos cuántos murieron a causa de la enfermedad y la violencia.

En la década de los ochenta, a pesar de que los terratenientes argumentaban que no quedaban indígenas aislados, un grupo de decididos investigadores de la FUNAI continuaron su búsqueda de grupos aislados, que sabían que se encontraban bajo una peligrosa amenaza.

Se descubrieron señales de la presencia de los indígenas. En 1984, flechas golpearon a un tractor maderero. Se encontraron casas comunales y huertos abandonados que demostraban que los indígenas se habían marchado de forma apresurada.

Por la región de Corumbiara circulaban rumores acerca de la masacre de indígenas aislados a manos de pistoleros contratados por los ganaderos.

En 1985, la FUNAI encontró evidencias de la masacre: una maloca indígena fue completamente demolida y enterrada por los terratenientes, en un intento de ocultar el ataque.

Se desenterraron trozos de cerámica y flechas que más tarde Konibu confirmó que pertenecían a los akuntsus. Nombró a muchos familiares que habían sido asesinados por los pistoleros.

A Pupak, el segundo hombre akuntsu, le dispararon por la espalda mientras huía de los asesinos a sueldo. Las cicatrices aún son visibles. El trauma que el grupo ha sufrido se aprecia en el miedo que sienten hacia los terratenientes que aún ocupan sus tierras y hacia el ruido de las motosierras que trabajan en las inmediaciones.

Invasión

Aunque su tierra ha sido reconocida legalmente y la FUNAI está presente de forma permanente en la zona, los akuntsus están rodeados por terratenientes hostiles. Alguno de ellos aún tiene edificios, empleados y rebaños de ganado en territorio akuntsus. La FUNAI está intentando expulsar a los terratenientes, y el caso está actualmente en los tribunales.

Habiendo presenciado el genocidio de su pueblo y habiendo sufrido la violencia extrema de los pistoleros contratados por terratenientes, los akuntsus se muestran temerosos y desconfiados con la mayoría de los foráneos, especialmente hacia los empleados de las haciendas.

Futuro

Los lingüistas trabajan ahora con los akuntsus para registrar y entender su idioma. Se espera que un día este pueblo tenga la oportunidad de relatar toda su historia al resto del mundo.

Al tratarse de un pueblo muy aislado, los akuntsus son extremadamente susceptibles a enfermedades de foráneos. A menos que decidan unirse a miembros de otros grupos indígenas, lo que parece poco probable, este pequeño pueblo desaparecerá de la faz de la tierra para siempre, y se completará así el genocidio de los akuntsus.

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