Una guía para descolonizar el lenguaje en la conservación

 

Introducción

 

Esta guía, que no pretende ser exhaustiva, constituye un recurso básico para quienes escriben o hablan sobre la conservación, el cambio climático y la protección de la naturaleza.

Se ha demostrado científicamente que los pueblos indígenas comprenden y gestionan su entorno natural mejor que nadie: el 80 % de la biodiversidad de la Tierra se halla en territorios indígenas. La mejor manera de proteger la biodiversidad, por tanto, pasa por respetar los derechos territoriales de los pueblos indígenas, los mejores conservacionistas.

No obstante, el modelo de conservación de la naturaleza que predomina actualmente sigue siendo, como en tiempos coloniales, el de la “conservación de fortaleza”: un modelo que crea Áreas Protegidas en tierras de pueblos indígenas, a las que solo pueden acceder personas ricas. Este tipo de “conservación” destruye la tierra y las vidas de los pueblos indígenas. A pesar de ello, es el modelo que recibe más financiación occidental para la protección de la naturaleza.
 
¿Por qué? Porque los mitos que sostienen este modelo de conservación se reproducen en libros de texto, medios de comunicación, documentales sobre la vida silvestre, anuncios de ONG, etc. Las imágenes de la “naturaleza” que hemos visto desde la infancia y las palabras que empleamos para describirla determinan nuestro modo de pensar, y las políticas y acciones que impulsamos.
 
Solemos dar por hecho que estas palabras e imágenes son la realidad, como si fueran neutrales, objetivas o “científicas”. Pero no lo son.
 
El conservacionismo tiene una historia sombría, y hunde sus raíces en el racismo, el colonialismo, el supremacismo blanco, la injusticia social, el robo de tierras, el extractivismo y la violencia. Hoy en día, las principales organizaciones conservacionistas (como WWF, WCS) no solo no han cuestionado este pasado, sino que lo siguen perpetuando. La conservación es una industria, un negocio, que a menudo opera con y recibe dinero de grandes empresas contaminantes y que convierte la naturaleza en un producto de consumo, casi sin excepción, para el disfrute de personas blancas y ricas. Esto forma parte de un proceso de mercantilización de la naturaleza en el que se le atribuye un valor, se comercializa y concibe como fuente de explotación y beneficio.
 
Pero nuestro concepto de “naturaleza” es el hogar de otras personas. Es la base de su modo de vida, el hogar de sus ancestros, la fuente de casi todo su sustento.
 
Es fundamental que reflexionemos acerca de las palabras y conceptos que utilizamos cuando escribimos o hablamos sobre cuestiones medioambientales. La violencia y el robo de tierras que sufren millones de indígenas y otra población local en nombre de la conservación de la naturaleza tienen su origen, en gran parte, en estos conceptos.

¡Es hora de descolonizar la conservación de la naturaleza!

 

1. Definición de algunos términos básicos

Conservación de fortaleza

El modelo de conservación más común en África y Asia se conoce como “conservación de fortaleza” (Fortress Conservation). Se denomina así porque se basa en la violencia y exclusión de la población indígena y local de sus tierras, que luego son destinadas específicamente a proyectos de preservación de la “naturaleza” (ver definición de “naturaleza”). Este modelo trata la naturaleza como algo separado de los seres humanos. Por medio de la conservación de fortaleza, pueblos indígenas y otras comunidades locales son sistemáticamente expulsados de sus tierras ancestrales, y golpeados, torturados, asesinados y ultrajados por guardaparques armados si intentan cazar, llevar a cabo rituales o recolectar plantas y hierbas medicinales en esas tierras (ver “guardaparques”). Las entidades conservacionistas justifican esta política afirmando que los “seres humanos” (se refieren a las gentes del lugar) constituyen una amenaza para el medio ambiente y que cualquier actividad humana es incompatible con la protección de la naturaleza, a pesar de que hay un sinfín de evidencias que demuestran que los pueblos indígenas son los mejores guardianes del mundo natural.

Paradójicamente, una vez se ha establecido un parque nacional o reserva natural, los mismos grupos conservacionistas u órganos gubernamentales que han expulsado a las poblaciones locales fomentan allí el turismo, facilitan la caza de trofeos y permiten la tala de árboles, actividades mineras u otras formas de extracción de recursos.

Conservación colonial

La “conservación” de la naturaleza, tal y como se practica hoy, tiene un pasado violento. En el siglo XIX se crearon en Estados Unidos los primeros parques nacionales del mundo en tierras robadas a nativos norteamericanos. Los “padres” norteamericanos del movimiento conservacionista (como John Muir) consideraban las tierras indígenas como despobladas o “tierras vírgenes” (ver definición) y a los pueblos indígenas que vivían en ellas como atrasados e invasores. De hecho, muchos parques nacionales estadounidenses expulsaron a los pueblos que habían conformado esos parajes ricos en vida silvestre, condenándolos a vivir sin territorio y en la pobreza. Muchos conservacionistas prominentes abrazaron las teorías racistas más extremas de su época, como el escritor eugenista Madison Grant, uno de los fundadores de la Wildlife Conservation Society (WCS).

Este modelo de conservación, basado en el robo de las tierras a comunidades consideradas demasiado “primitivas” o “inferiores” como para poder cuidar de ellas, se exportó a todo el mundo durante la expansión de los imperios coloniales, particularmente en África y Asia. Por medio de la creación de “Áreas Protegidas” (ver definición), las élites coloniales excluyeron a la población local de sus tierras ancestrales y del acceso y control de los recursos naturales de los que dependían, culpándolos a ellos y a su conocimiento (a menudo denigrado como supersticioso) de la destrucción medioambiental que los propios colonos estaban provocando. Los ricos cazadores coloniales solían ser los artífices de la creación de “reservas de caza”, en las que se prohibía a la población local cazar para alimentarse en tierras reservadas a la élite.

La conservación sigue siendo colonialista porque muchas de las injustas leyes y políticas creadas en tiempos coloniales para la “preservación de la naturaleza” siguen estando en vigor, sin cuestionarse. Es más, se basa en la misma idea falsa y racista de que no se puede confiar en las personas indígenas para que cuiden de sus propias tierras y de la flora y fauna silvestres que viven en ellas, y que esto solo pueden hacerlo conservacionistas y científicos occidentales (o bajo influencia occidental). Sus defensores siguen tratando a los habitantes nativos como un “estorbo” con el que hay que “lidiar”, en vez de como expertos en biodiversidad local y socios primordiales para la conservación. La conservación de fortaleza, como el colonialismo, utiliza la violencia militarizada para imponer sus propios puntos de vista y su control del terreno (ver “guardaparques”).

Destacadas organizaciones internacionales conservacionistas, que fueron creadas o apadrinadas por poderosos e influyentes cazadores coloniales (como Theodore Roosevelt y el príncipe Felipe de Inglaterra), siguen defendiendo un enfoque racista de la conservación: esta depende de ellos y de su supuesta “pericia”, y no de las comunidades, cuyas tierras albergan actualmente la mayor parte de la diversidad del mundo.

La industria de la conservación

La conservación es un sector económico progresivamente significativo en muchos países. Los parques nacionales y las reservas naturales se consideran valiosos generadores de ingresos turísticos y de otra índole. Los proyectos REDD+ (ver definición de “compensación del carbono”) son otra destacada fuente de ingresos, en la que organizaciones como WWF actúan cada vez más como intermediarias del carbono. Grandes ONG conservacionistas como WWF, WCS y The Nature Conservancy operan como empresas con ánimo de lucro (por ejemplo, vendiendo productos, promoviendo paquetes turísticos y vacacionales, o asociándose con empresas madereras), y la mayoría de ellas muestran características propias de empresas multinacionales. Esta fue una de las razones por las que la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) aceptó en 2017 la denuncia presentada por Survival contra WWF por el acoso y los violentos abusos contra el Pueblo Baka en Camerún, a manos de guardaparques financiados por WWF. En virtud de sus Directrices para Empresas Multinacionales, la OCDE consideró a WWF como empresa multinacional.

2. Términos a revisar

Los siguientes pares de términos están racializados, lo que significa que se emplean de diferente forma en función de las personas a las que se refieren: relativamente positivos o neutros para personas blancas y sus actividades, mientras que para personas indígenas y/o negras se utilizan términos negativos o peyorativos. Esto demuestra cómo el lenguaje de la conservación hunde sus raíces en creencias coloniales y racistas, y sigue perpetuándolas.

Carne de caza vs Bushmeat

“Bushmeat”, la carne de animales silvestres, es la principal fuente de proteínas para muchos pueblos del mundo, y un elemento identitario crucial. Su uso en el ámbito de la conservación tiene una connotación particularmente racista. Por ejemplo, cuando se sirve carne de caza en restaurantes europeos, la llaman de “caza” o “venado” y es apreciada. Sin embargo, cuando la consumen africanos o asiáticos suele denominarse en inglés “bushmeat”, palabra con connotaciones negativas que insinúa que la captura del animal se realizó “furtivamente” (ver “Caza - Furtivismo”).

Muchas personas africanas corren el riesgo de ser multadas, golpeadas, encarceladas o de sufrir violencias peores si cazan animales silvestres para alimentar a sus familias. Esta connotación racista y negativa se extiende al término “mercados húmedos”, que se usa en relación con la venta y el consumo de carne de especies silvestres en Asia. Este término nunca se emplea para referirse al consumo o la venta de carne de especies silvestres en los países del Norte Global.

Caza vs Furtivismo

El término “caza furtiva” se ha utilizado para criminalizar el estilo de vida cazador-recolector de muchos pueblos indígenas, e impedir que puedan cazar para su propio sustento y el de sus familias y vivir de forma sostenible en sus tierras ancestrales. Al mismo tiempo, se permite a turistas adinerados (en su mayoría blancos) matar fauna silvestre local como actividad deportiva, pagando por ello, y a esta actividad la llaman simplemente “caza”. En el continente africano, por tanto, la distinción entre la “caza” aceptable y el “furtivismo” delictivo en los medios y en la literatura viene dada por la raza y la condición económica. Es más: cuando utiliza el término “caza furtiva”, el sector de la conservación no distingue entre quienes cazan para vivir de modo sostenible y las redes internacionales ilegales de comercio de fauna silvestre que, en muchos casos, operan con la complicidad de las autoridades de los parques, guardaparques y funcionarios de alto rango. A unos y otros los llaman cazadores furtivos, pero sus realidades son muy diferentes. Esta narrativa aporta una excusa para la militarización de la conservación sobre el terreno (ver “guardaparques”). Y ello a pesar de las evidencias que demuestran que el esfuerzo y el dinero invertidos para combatir la caza furtiva podrían destinarse más eficazmente a proyectos para cambiar las actitudes de los consumidores, reducir la demanda y hacer frente a la desigualdad, en vez de apostar por la militarización.

Exploración vs Invasión

A menudo se califica a la población indígena y local como “invasora” cuando entra en sus tierras ancestrales, una vez convertidas en Áreas Protegidas, por ejemplo para que paste su ganado. Sin embargo, cuando los turistas pagan por participar en un safari en esas mismas tierras, ello se define como “exploración”. Los espacios de conservación se plantean como reservados para turistas, que en muchos casos representan la única presencia humana tolerada. En este contexto, el término “invasión” no debería utilizarse en ningún caso, porque implica que las poblaciones locales e indígenas “no pertenecen” a una zona que es su hogar y les ha sido arrebatada. Es un término que se emplea para justificar y promover las expulsiones.

Ganaderos vs Pastores

Ambos términos se utilizan para referirse a personas que tienen ganado, pero sobre todo en el mundo anglosajón el término “ganadero” se aplica a personas blancas, mientras que “pastor” se asocia con personas negras o indígenas. En Kenia y Sudáfrica, los “ganaderos” (principalmente blancos) suelen ser propietarios de tierras privatizadas y reciben subvenciones para la “conservación”, mientras que los “pastores” (normalmente personas negras o indígenas) conducen sus rebaños para que pasten en tierras comunales (sus derechos sobre la tierra rara vez se reconocen), y a menudo son vistos de forma negativa por los conservacionistas, los medios de comunicación y las autoridades. Los “ganaderos” se dedican a la “intensificación” de la cría de ganado, mientras que a los “pastores” negros se les culpa de “pastoreo excesivo”. Las leyes sobre el uso de la tierra, los derechos de propiedad y las administraciones del territorio han marginado sistemáticamente el pastoralismo y socavado su base de sustento. Las tierras que pertenecen a “pastores” negros, por tanto, se “reservan” (les son arrebatadas) para fines de conservación, mientras que las tierras en manos de “ganaderos” blancos se premian por su supuesta función conservacionista.

Viajeros vs Nómadas

En África Oriental, la palabra “viajeros” se utiliza en sentido positivo para referirse a personas, por lo general turistas blancos, que gozan de la libertad y el derecho a ir donde quieran. “Nómadas”, en cambio, es utilizado casi siempre de forma peyorativa por los gobiernos que quieren acabar, e incluso criminalizar, los modos de vida de los cazadores-recolectores y de los pastores. Calificar a estas comunidades de “nómadas” implica que no pertenecen a una región y por tanto no tienen derechos sobre ella, lo que no es cierto.

Muchos programas conservacionistas están encaminados a expulsar a los cazadores-recolectores y a los pastores de áreas de conservación de fortaleza como reservas de caza, y después sedentarizarlos, obligándolos a asentarse en un lugar. De este modo se ven forzados a practicar formas más intensivas de cultivo y cría de ganado, y dado que ya no disponen de la capacidad vital de desplazarse por temporadas en función de las lluvias, su seguridad alimentaria se ve mermada, al igual que su resiliencia económica y climática.

Convivencia con la fauna silvestre vs Conflicto

Esta narrativa muestra la doble vara de medir de los proyectos de conservación de la naturaleza: en Europa, por ejemplo, la gente puede “convivir” con la fauna silvestre de modo que apenas hay restricciones para acceder o vivir en Áreas Protegidas. En África y Asia, sin embargo, se da por sentado que los pueblos indígenas y otras comunidades locales no saben cómo convivir con la fauna silvestre y han de ser expulsados de sus tierras, tras criminalizar su estilo de vida. El “conflicto entre humanos y fauna silvestre” se usa a menudo para describir dos elementos aparentemente opuestos con el fin de justificar los puntos de vista de los conservacionistas. Por un lado, es un eufemismo empleado para ocultar que el llamado “conflicto” no es una condición natural de la vida de las poblaciones locales, sino un problema generado por los propios conservacionistas: por ejemplo, cuando poblaciones de animales silvestres (especialmente elefantes, aunque también otros grandes mamíferos) crecen sin control por las estrictas medidas de conservación y acaban destruyendo las granjas y los medios de vida de los habitantes locales, o incluso matando a algunas personas. Por otro lado, los conservacionistas también hablan del “conflicto entre personas y fauna silvestre” para referirse a sucesos que los pueblos indígenas consideran parte de su vida cotidiana, como que una de sus vacas sea atacada por un animal salvaje. Este “conflicto” se esgrime entonces para reclamar que las personas abandonen sus tierras porque la “naturaleza” es un lugar peligroso para ellas (ver definición de “naturaleza“).

3. Tópicos y conceptos controvertidos

He aquí algunos ejemplos de conceptos problemáticos y falaces que cuando se emplean inopinadamente, o se definen de forma inadecuada, resultan engañosos. Estos conceptos requieren especial atención y una definición precisa por parte de quien los utiliza.

Guardaparques

La conservación de fortaleza se suele imponer brutalmente por cuerpos militares o paramilitares de la conservación, a veces junto con fuerzas del estado como el ejército y la policía. Suelen ser los individuos sobre terreno que expulsan, maltratan y matan a las personas indígenas cuando estas tratan de acceder a sus tierras ancestrales (para alimentarse, llevar a cabo rituales, etc.). Dichos cuerpos se denominan engañosamente “guardaparques”, “guardabosques” o “ecoguardas”, pero a menudo van profusamente armados. En muchos casos cuentan con una licencia excepcional, autorizada por el Estado, para ejercer violencia, incluidos asesinatos extrajudiciales mediante políticas de “disparar en el acto” contra cualquier persona sospechosa de practicar “caza furtiva” (ver “furtivismo”). Otras prácticas represivas habitualmente condenadas, como arrestos arbitrarios, torturas, acoso, violaciones y abusos sexuales y expropiaciones, todo ello sin las debidas acciones judiciales, juicio o derecho a defensa o reparación legal, se toleran casi universalmente cuando las cometen “guardaparques”. Incluso aquellos con historiales espantosos de violaciones de derechos humanos son ensalzados como “héroes” y “defensores medioambientales”. Para evitar que se invisibilice la violencia, al referirse a los guardaparques es importante presentar el contexto y el historial de abusos de derechos humanos del parque en que actúan.

Áreas Protegidas

¿Qué significa esta expresión en el contexto del que estamos hablando?

No todas las Áreas Protegidas son iguales. Un Área Protegida en Kenia es muy diferente de otra en Francia. En Europa, por ejemplo, no se podría crear ningún parque nacional sin tener en cuenta las necesidades de la población local, habitualmente por medio de amplias consultas y procedimientos políticos, y con derecho a reparaciones y compensaciones legales cuando surgen problemas. Hay muy pocas restricciones para acceder a estas Áreas Protegidas o vivir en ellas. Normalmente, su gobernanza y gestión implican el respeto de los intereses de la comunidad a nivel estratégico.

En África y Asia, sin embargo, casi ningún parque se ha creado consultando debidamente a las comunidades afectadas (ver “consulta”). Las Áreas Protegidas de este tipo las administran normalmente organismos gubernamentales y ONG de conservación occidentales. Las comunidades locales rara vez desempeñan algún rol en su gobernanza. Los parques suelen operar bajo el modelo de “conservación de fortaleza”: la población indígena y local enfrenta abusos sistemáticos, y es perseguida y expulsada por la fuerza, la coerción o el soborno.

Los parques de este tipo casi siempre excluyen o restringen las actividades humanas, incluido todo lo que hacen los propios indígenas para alimentar a sus familias, como cazar, cultivar plantas, recolectar y pescar. Normalmente los parques nacionales europeos tienen que generar algún beneficio para los habitantes locales, mientras que en África y en Asia estos parques se crean para, falsamente, protegerlos frente a los habitantes locales e indígenas.

Tierras vírgenes, naturaleza prístina/virgen/intacta

A menudo se afirma sin razón que las tierras indígenas son “tierras vírgenes”. Los entornos naturales más famosos del mundo, como Yellowstone, la Amazonía y Serengueti, son hogares ancestrales de millones de indígenas que les han dado forma, han dependido de ellos, los han cuidado, nutrido y protegido durante milenios. Toda esa concepción de “tierra virgen”, en el sentido de una naturaleza prístina, ajena a toda intervención humana, es un mito colonial: estos territorios se presentaban como vacíos, para justificar su ocupación. Es muy similar al concepto jurídico de Terra Nullius (tierra de nadie), que los invasores británicos utilizaron para justificar la colonización de Australia, partiendo del falso supuesto de que el territorio estaba deshabitado.

El concepto de “tierra virgen” se originó en EE.UU. a finales del siglo XIX, cuando se negó el vital papel de los nativos norteamericanos en la conformación, durante milenios, de los diversos paisajes, sustituyéndola por la idea de que la”naturaleza” (y Dios) conformó estas regiones que los colonos blancos deben proteger.

Naturaleza

La idea de “naturaleza” como algo ajeno a la humanidad y diferente de ella es un concepto crucial de la “industria de la conservación” (ver definición). Separar la humanidad de la naturaleza choca con nuestra propia experiencia, como saben muy bien los pueblos indígenas desde hace generaciones. Ellos no se sienten ajenos a la naturaleza: a menudo ven a los animales silvestres como miembros de sus familias, y seres humanos y naturaleza como una unidad. Muchos trabajos académicos subrayan cómo la “naturaleza” no es algo objetivo, sino un elemento integrado en, y creado por, la cultura y la percepción. Lo que para algunas personas es “naturaleza”, es el campo, la granja, el jardín o el alimento para otras. Lo que muchos occidentales consideran “naturaleza” es, en realidad, el resultado de milenios de modificación y enriquecimiento del medio ambiente a través de la actividad humana y la gestión del territorio. La evidencia demuestra que son muy pocos los lugares de la Tierra que no han sido decisivamente moldeados por la actividad humana, incluidos los que suelen describirse como “tierras vírgenes” (ver definición), como las selvas tropicales y las sabanas africanas.

Cero neto

“Cero neto” en realidad no significa que una empresa no emita carbono, y esto debería aclararse cuando se utiliza la expresión. Este término se ha creado para enmascarar el hecho de que las empresas contaminantes siguen contaminando, solo que compran a terceros “compensaciones de carbono” (ver definición).

Cada vez más, se trata de créditos de carbono de las llamadas “soluciones basadas en la naturaleza” (ver definición), como la plantación de árboles y la “restauración” (ver definición).

Compensación de carbono y créditos de carbono

La idea de los proyectos basados en la “compensación” consiste en que empresas y estados responsables de ciertas emisiones de dióxido de carbono pueden financiar proyectos en otros países que supuestamente “capturan” una cantidad equivalente de carbono o previenen su emisión. Lo pueden hacer comprando compensaciones en mercados de créditos de carbono. El uso de estos términos da a la gente la idea de que es posible “compensar” las emisiones, aunque esto plantea muchos problemas científicos y prácticos. Además, la compensación de carbono permite a los verdaderos contaminadores hacer un lavado ecológico de su imagen y seguir contaminando, sin tener que hacer nada por reducir sus emisiones.

Actualmente existen principalmente dos modos de compensar el carbono. Ambos son ineficaces y peligrosos para los pueblos indígenas, y también desvían las inversiones de los verdaderos esfuerzos por reducir las emisiones de los combustibles fósiles. Muchos de estos planes se describen ahora como “soluciones basadas en la naturaleza” (ver definición).

Proyectos como REDD+ (Reducción de las Emisiones de la Deforestación y de la Degradación de los bosques en los países en desarrollo), que supuestamente protegen los bosques frente a la deforestación, generan créditos de carbono que empresas y estados pueden adquirir para compensar sus emisiones de carbono. Los indígenas han expresado repetidamente su preocupación por los proyectos REDD: ponen precio a sus tierras y bosques, lo que probablemente dé lugar a aún más robo de tierras. Gran parte de los bosques de todo el mundo incluidos en el mecanismo REDD son territorios de pueblos indígenas y otras comunidades locales. Estos proyectos socavan su modo de vida, ya que les hacen perder el control sobre sus tierras.

Otra forma de “capturar” cantidades significativas de carbono consiste en plantar árboles. Sin embargo, muchos proyectos de compensación plantan monocultivos de árboles de crecimiento rápido, como eucaliptos y acacias, para ganar dinero. De hecho, la mayoría de estas plantaciones se talan al cabo de pocos años para fabricar productos como papel y carbón vegetal, lo que devuelve rápidamente todo el carbono capturado a la atmósfera. Además, muchas plantaciones nuevas son más propensas a los incendios o necesitan décadas de crecimiento antes de empezar a absorber mucho carbono. Tal vez lo más importante es que la sustitución de otros ecosistemas, como los pastos, para plantar árboles destruye la biodiversidad existente (ver “Reforestación vs Aforestación”) y la base de sustento de poblaciones indígenas y locales que viven de los recursos naturales de la zona.

Soluciones basadas en la naturaleza (SbN)

Este concepto no tiene una definición universal compartida y es preciso explicar su significado antes de utilizarlo. Actualmente se refiere al uso de mecanismos como la plantación de árboles, la restauración de hábitats y la preservación de bosques para absorber CO2 de la atmósfera y adaptarse a los efectos del cambio climático. El concepto lo desarrollaron originalmente, hacia 2010, grupos conservacionistas internacionales y pretendía demostrar que las Áreas Protegidas que gestionaban tenían el potencial de desempeñar un papel comercialmente valioso en el almacenamiento de carbono. Actualmente se emplea sobre todo para sustituir al concepto controvertido y fallido de “Reducción de Emisiones de la Deforestación y la Degradación” (REDD+) y para eco blanquear el fraude igualmente fallido de la “compensación de carbono” (ver definición).

Muchas de las afirmaciones sobre el potencial de las SbN para mitigar el cambio climático no están respaldadas por la ciencia y se basan en documentación deficiente y fraudulenta. Los proyectos de SbN no abordan las causas reales del cambio climático: las emisiones procedentes de la quema de combustibles fósiles y la explotación excesiva y con fines de lucro de los recursos naturales lideradas por el Norte Global. Además, casi nunca se explica dónde deberán llevarse a cabo dichos proyectos de SbN y qué consecuencias tendrán para las poblaciones sobre el terreno. Por ejemplo, se ha afirmado que las SbN pueden aportar más de un tercio de la solución al cambio climático de aquí a 2030, pero plantar árboles para asegurar siquiera la mitad de este objetivo requeriría un área del tamaño de Australia: ¿dónde están esa tierras y qué ocurrirá con la gente que vive en ellas? Los mecanismos de compensación de SbN suelen ser sinónimo de colonialismo del carbono.

Las SbN provocarán expulsiones masivas, restricciones perjudiciales del uso de la tierra, robo de tierras y hambre para millones de pastores, campesinos, pescadores y cazadores-recolectores indígenas y no indígenas, y no detendrá la crisis climática.

Uso sostenible de recursos

Las personas que utilizan los recursos naturales a pequeña escala (por ejemplo, cortando leña para carbón vegetal) ven prohibidos o criminalizados sus medios de vida sostenibles porque se les considera erróneamente “atrasados” y “destructivos” para el medio ambiente. Por otro lado, se considera que grandes empresas multinacionales madereras que se asocian con ONG conservacionistas, y a veces operan en Áreas Protegidas, practican una “gestión forestal sostenible”. Incluso pueden estar “certificadas” por el Forest Stewardship Council (sello FSC), pese a que esta industria es una de las principales impulsoras de la destrucción de los bosques. Esto se debe a que genera enormes beneficios para las multinacionales y las ONG conservacionistas.

Superpoblación

A menudo el concepto de “superpoblación” es ideológico y esencialmente racista, sobre todo cuando se da a entender que es una de las causas principales de los problemas medioambientales del planeta. Este término suele emplearse casi siempre en relación con el aumento de población racializada en África y Asia (y no de la población blanca). Muy a menudo se utiliza para desviar la responsabilidad de los principales responsables de las crisis del clima y de la biodiversidad y para criminalizar a quienes menos contribuyen a ellas y sufren sus consecuencias de manera más violenta (los pueblos indígenas y otras comunidades locales). Las verdaderas causas de la pérdida de biodiversidad, de la contaminación y del cambio climático no radican en el aumento de la población del Sur Global, sino en la explotación de recursos con fines lucrativos y el creciente sobreconsumo encabezado por los países del Norte. Las narrativas del “exceso de población” pueden tener consecuencias terribles: en varios países, entre ellos Estados Unidos, mujeres indígenas y negras fueron objeto de campañas selectivas de esterilizaciones forzosas en contra de su voluntad e incluso sin su conocimiento. WWF llevó a cabo programas de control de la natalidad, incluyendo esterilizaciones, en Asia y África por medio de sus proyectos de Población, Salud y Medioambiente (PHE), patrocinados por Johnson & Johnson y USAID, afirmando: “consideramos que este enfoque ofrece un potencial notable para lograr mayores resultados de conservación de una manera innovadora”.

Consulta / consentimiento libre, previo e informado

Las palabras consulta y participación son utilizadas con frecuencia cuando se habla de proyectos de conservación que afectan a tierras indígenas. La consulta y la participación, por supuesto, son importantes, pero no suficientes. El Derecho Internacional estipula que todo proyecto que se lleve a cabo en territorios indígenas debe contar con el consentimiento libre, previo e informado (CLPI) de los pueblos indígenas. Esto significa que tienen derecho a decir no a cualquier proyecto que afecte a sus tierras, incluidas las Áreas Protegidas. Los proyectos que aseguran haber “consultado” a la población afectada pueden seguir siendo ilegítimos si no cuentan con el consentimiento libre, previo e informado de la misma. Cada parte del CLPI es fundamental; hay ejemplos de organizaciones conservacionistas que solicitan el “CLPI” años después de haber establecido una Área Protegida, donde los guardaparques han estado sometiendo a la población local a toda clase de abusos. En una situación así, ningún consentimiento puede considerarse “libre” ni “previo”. Incluso en casos en que se obtiene el CLPI, no debe considerarse un hecho puntual, sino un proceso continuado: consentimiento libre, previo, informado y continuo, en base al que las comunidades indígenas tienen derecho a cambiar de opinión con respecto a decisiones anteriores.

Reubicación voluntaria

La “reubicación voluntaria” implica que la población ha dado su consentimiento libre, previo e informado (ver definición previa) a abandonar sus hogares, tierras y normalmente su modo de vida, para dar paso a proyectos de conservación de la naturaleza. Que esto suceda es muy improbable, sobre todo en el caso de comunidades que mantienen vínculos sólidos y sagrados con sus tierras ancestrales. En realidad, la mayoría de las llamadas “reubicaciones voluntarias” son expulsiones forzosas en las que la comunidad ha sido objeto de amenazas, acosos y sobornos hasta que “acepta” “reubicarse”, a menudo sin ser informada de que tiene derecho a decir que no. En muchos casos, habitantes indígenas “aceptan” trasladarse porque los conservacionistas, guardaparques violentos y gobiernos les hacen la vida imposible: no les dejan cazar, recolectar, construir sus casas ni ir a la escuela, y si lo intentan sufren palizas, vejaciones y encarcelamientos. No hay nada “voluntario” en todo esto. A veces les prometen tierras, servicios y compensaciones para tentar a la gente a abandonar sus hogares, pero estas promesas casi nunca se cumplen.

Antes de utilizar estas palabras es importante analizar el contexto y exponer con precisión lo que ha ocurrido en la zona.

Restauración

El término “restauración ecológica” cada vez goza de mayor popularidad, especialmente en programas encaminados a generar créditos de carbono (ver definición) u otros fines bajo el paraguas de las “soluciones basadas en la naturaleza” (ver definición). Dado que la mayoría de ecosistemas terrestres han sido modificados por el ser humano durante mucho tiempo, la elección de “recuperar” el ecosistema en base a qué condición, y a qué periodo, es del todo discutible y arbitraria. Pero lo importante es que los conservacionistas creen que pueden y deben determinarlo, pasando por encima de cualquier condición ecológica que hayan creado las comunidades locales. Esto convierte en probable que muchos pastizales considerados degradados se “restauren” mediante una aforestación que permita absorber y mercantilizar carbono (ver “Reforestación - Aforestación”), incluso aunque en el pasado reciente no hayan tenido una cubierta forestal permanente.

Mientras hay muchos ecosistemas que están dañados y que pueden repararse, el término también puede proporcionar otra excusa vaga e injustificada para expulsar, criminalizar y sedentarizar a las comunidades indígenas y locales o alterar de alguna otra manera su modo de vida. En particular se acusa a los pastores de “pastoreo excesivo” (ver “pastoreo”), pese a que los sistemas pastoriles son sumamente adaptables para resultar sostenibles. Además, acusan a quienes practican la rotación de cultivos en zonas de la selva tropical de “degradar” los ecosistemas forestales. Los conservacionistas califican casi en su totalidad esta modalidad de cultivo, que puede ser sumamente sostenible, con el término peyorativo de “agricultura de tala y quema”. La finalidad de la “restauración”, por tanto, consiste en impedir tales actividades y “restaurar” el ecosistema de modo que se halle en un estado que intereses foráneos consideran que es su condición “natural” (es decir, sin presencia humana). “Restauración” es un término que encierra una injusticia, porque presume que todo lo que existe in situ (los pueblos indígenas y sus bases de sustento) es “un problema”.

Reforestación / Aforestación

Se tiende a creer que plantar árboles es siempre una buena idea. Sin embargo, hay algunas preguntas básicas que conviene plantear: ¿de qué clase de árboles hablamos?, ¿dónde se plantarán?, ¿por qué y por quién?

“Aforestación” significa plantar árboles donde históricamente no los había, mientras que “reforestación” significa plantarlos donde sí los hubo en el pasado. Gobiernos, empresas mineras y otras industrias destructivas utilizan a menudo los términos de “reforestación” y “aforestación” como “solución” que ayuda a mitigar los impactos nocivos de sus actividades y como instrumentos para propiciar el “cero neto” de emisiones de carbono (ver definición). De hecho, los esfuerzos de “reforestación” y “aforestación” pueden servir para justificar la destrucción de bosques y ecosistemas en un lugar alegando que serán “recreados” en otro. Esto es un problema por múltiples razones. En primer lugar, la destrucción de un bosque en una zona puede afectar de modo permanente al modo de vida de la población indígena y su vínculo sagrado y único con su tierra. Además, un ecosistema que ha precisado miles de años de cuidadosa atención para desarrollarse, con su riqueza de flora y fauna, no puede “recrearse” simplemente en otro lugar. La “reforestación” y la “aforestación” también pueden enmarcarse dentro de las “soluciones basadas en la naturaleza” (ver definición), permitiendo a empresas contaminantes afirmar fraudulentamente que la plantación de cierto número de árboles ayudará a absorber sus emisiones de carbono.

Al mismo tiempo, la idea general de que plantar cualquier clase de árbol en cualquier tipo de tierra es buena es rotundamente rechazada por expertos en bosques y suelos. Los planes de “reforestación” y “aforestación” pueden ser perjudiciales para la biodiversidad de una zona, pues a menudo consisten en monocultivos, habitualmente de especies no nativas, que desplazan la flora y fauna autóctonas y no tienen nada que ver con el ecosistema original. Este es también el caso en sabanas y pastizales, que son objetos de proyectos de “aforestación”. Los esfuerzos de “aforestación” también pueden servir para justificar la expulsión de pueblos indígenas de sus tierras, consideradas “vacías” e idóneas para la plantación de árboles.

Más recursos y referencias sobre la conservación colonial.

 


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