Jornada de recolección en la selva. Los pigmeos de la Cuenca del Congo están siendo expulsados de sus tierras ancestrales en nombre de la conservación.
Jornada de recolección en la selva. Los pigmeos de la Cuenca del Congo están siendo expulsados de sus tierras ancestrales en nombre de la conservación.

© Selcen Kucukustel/Atlas

A raíz de la conmemoración del centenario del Servicio Nacional de Parques en 2016, nos pareció interesante buscar “parque nacional” en la omnipresente, aunque imperfecta, Wikipedia. En ella se afirma(ba) que existe un único propósito común que subyace a la definición, a saber: “la conservación de la naturaleza virgen”. Sin embargo, eso no es cierto. De hecho hay dos enfoques completamente opuestos de parques nacionales y zonas protegidas, y uno de ellos no tiene nada que ver con lo “natural o virgen”.

Por desgracia, el otro enfoque sí tiene que ver. Se basa en un concepto equivocado de “tierra virgen” y comenzó a desarrollarse en Estados Unidos hace 150 años, concretamente en Yosemite. Desde que se concibió, este modelo implica la evacuación de quienes viven en el territorio y de sus recursos. Esta fue la versión que se aplicó en el Congo belga en 1925, cuando se creó el primer parque nacional de África, ahora llamado Virunga, y que ha servido como patrón para muchas zonas protegidas en África y Asia. Debido a ello, las tierras y las bases de sustento de al menos cinco millones de personas han sido usurpadas (otros cálculos superan los 14 millones), pueblos enteros han sido destruidos y se han perpetrado innumerables abusos de los derechos humanos en su nombre. Este sigue siendo el modelo ampliamente exportado a todo el mundo, tal vez por el hecho de que las organizaciones conservacionistas más poderosas son estadounidenses. Las consecuencias son trágicas y criminales.

Los parques nacionales de EE UU se rigen en parte por la Ley de Territorios Vírgenes de 1964, que trata de consagrar esta idea al estipular que “la tierra virgen, en contraste con las zonas en que el hombre y sus obras dominan el paisaje, se… reconoce como un área en que la tierra y su comunidad de vida no son controladas por el ser humano, quien en sí mismo no sería más que un visitante pasajero”. No es extraño que esta frase haya generado interminables debates, puesto que hoy en día no se sostendría: en realidad, las tierras vírgenes en Estados Unidos habían estado expuestas durante mucho tiempo a la intervención de los nativos americanos que habían dominado el paisaje durante miles de años, aunque de un modo que solo desde hace poco ha empezado a ser reconocido por otros.

De hecho, los conquistadores europeos en todo el mundo estaban ciegos ante el dominio de los pueblos indígenas sobre su territorio, en parte porque miraban con una lente racista. En algunos casos, los invasores no se percataron siquiera de que los nativos eran seres humanos: en la legislación inglesa, por ejemplo, Australia era terra nullius, “tierra de nadie”, y los franceses declararon Camerún “vacante”. Esta ceguera no ha desaparecido: en 2012, WWF admitió que el uso que hacían los “pigmeos” bakas de sus bosques en Camerún era “invisible”, cuando unos diez años antes había presionado para que las tierras ancestrales de la tribu le fueran arrebatadas para crear parques nacionales (ahora pretende que insistió “en un alto grado de… consentimiento”).

Todo lo que se ha escrito sobre los grandes parques estadounidenses presenta constantemente la “naturaleza virgen” como una especie de icono sagrado. Todo el mundo se ha acostumbrado, pero no deja de ser una falsedad: nunca han sido “tierras vírgenes”. A esta presunción no le ayuda nada el hecho de que en estos parques haya ahora senderos señalizados y provistos de escalones, barandillas y cables de acero. El parque de Yosemite, además de contar con zonas de acampada y centros medioambientales que lógicamente cabría esperar, no es reacio a hoteles chic, restaurantes, hipermercados y grandes almacenes, al igual que a telesquíes y alojamientos de esquí, que en conjunto suponen una “marcada intervención” en el paisaje (actualmente, el valle epónimo en el centro del complejo se parece a un parque temático: nadie se sorprenderá al comprobar que Disney es un socio clave).

Tal vez el aspecto más discutible de esta idea de “naturaleza salvaje” o “tierra virgen”, tal como se maneja hoy en día, venga ilustrado por el uso creciente del verbo “rewild” (renaturalizar). Parece que la palabra fue acuñada a finales de la década de 1980 por David Foreman, uno de los fundadores de la organización Earth First! (¡Primero la Tierra!) y exdirector de Sierra Club.

Apenas nadie discute que se impongan fuertes restricciones a la urbanización e industrialización, ni que se desmantelen feas industrias que han quedado obsoletas y se recuperen zonas reponiendo la flora y fauna que habían desaparecido; no se trata de una práctica nueva. Sin embargo, la “renaturalización” preconizada por Foreman implica mucho más: este hombre es seguidor y líder de una ideología bien arraigada que quiere que desaparezca por lo menos el 70% de la humanidad, dejando en la Tierra a lo sumo dos mil millones de almas. Foreman también se opone firmemente a la inmigración. En resumen, su mensaje es profundamente antihumanitario. En efecto, afirma que no le importaría que dejara de haber humanos y no oculta su misantropía y su “calvinismo ateo”. Esta especie de ambientalismo fundamentalista está muy extendido en Estados Unidos, pero sus principios básicos asombrarían a mucha gente normal que apoya los esfuerzos de conservación en todo el mundo.

Por supuesto que esta ideología también está plagada de contradicciones: la mayoría de sus sumos sacerdotes son descendientes de inmigrantes europeos y contribuyen al aumento de la población (Foreman, quien no tiene hijos, es una excepción). La contradicción principal, sin embargo, es que su idea de “renaturalización” consiste en que la gente (ellos) modele el paisaje creando la imagen de un pasado anclado dentro de un periodo determinado, un constructo que seguramente existe más en la imaginación de estos “renaturalizadores” que en cualquier realidad histórica. ¿No sería esto más que otro tipo de parque temático?

Cuando estas personas articulan sus creencias suelen insistir en el enriquecimiento espiritual y en la revitalización que les proporciona estar al aire libre, en la naturaleza, y a menudo insisten en que no podrían vivir sin ella. Pero millones de otras personas (quien escribe estas palabras incluido) comparten esta experiencia con no menos intensidad, al tiempo que aman a la humanidad y se oponen a que se haga daño a otros seres humanos. Nos apasiona tanto la importancia de que se haga justicia a los vulnerables como la posibilidad de disfrutar “la naturaleza”.

Defender que no hay que destruir comunidades o pueblos en nombre de la conservación de la naturaleza no supone oponerse a la protección de la misma. Al contrario, las falsas caracterizaciones de “tierras vírgenes” como regiones sin habitantes son las que realmente menoscaban la reputación del conservacionismo, al convertirlo en enemigo de millones de habitantes locales que lo perciben como una negación de su derecho a la vida. Esto está ocurriendo en todo el mundo y, a menos que se le ponga coto, es probable que el movimiento conservacionista sea desgarrado por quienes claman ante los accesos a sus tierras ancestrales, accesos vigilados por las grandes organizaciones conservacionistas que les cierran el paso.

Ello se agrava todavía más por el hecho de que cada vez mayor número de cazadores de subsistencia locales se convierten en las primeras víctimas –y las más fáciles– de los guardaparques armados, que a su vez están a menudo confabulados con los verdaderos defensores de los cazadores furtivos en el gobierno. Un proyecto de ley aprobado por el Congreso de Estados Unidos, y que preconiza la militarización de la conservación en todo el mundo, hará que las cosas empeoren aún más. Es probable que quienes presencien cómo les roban sus tierras utilizando armas de fuego estadounidenses pasen a engrosar las filas de los que ven en Estados Unidos más a un agresor que a un libertador.

No obstante, existe un modelo totalmente distinto de parques nacionales en el que no se dispara contra las personas y donde apenas se habla del concepto de “tierras vírgenes”; sobretodo, un modelo que funciona. Y funciona porque se basa en la idea de que la gente que vive en estos parques forma parte de los mismos, y que su larga experiencia en la adaptación del paisaje –y de protección del mismo frente al desarrollo inadecuado– se conoce como un factor crucial que permite la existencia y el éxito de estas zonas protegidas.

Un ejemplo es el Parque Nacional de Sagarmatha (Everest) en Nepal, que incluye algunos de los espacios más salvajes y de mayor altitud de la Tierra (y donde, dicho sea de paso, tuve mi propia conversión damascena hace 45 años). Hasta las multitudes acomodadas extranjeras que pululan por las rutas más fáciles del Everest desaparecen durante once meses al año, cuando el clima de la montaña supera su capacidad de resistencia. No obstante, las descripciones del parque que hace la UNESCO no incluyen ninguna mención de “tierra virgen” y subrayan en su lugar que los miles de sherpas que habitan en él son “importantes… factores de la conservación efectiva (del parque)”.

Entonces, ¿por qué se permite a los sherpas permanecer en Sagarmatha cuando se sigue expulsando a los indígenas africanos de los parques –patrocinados por WWF– de la Cuenca del Congo? ¿Por qué se permite a los sherpas coexistir con el leopardo de las nieves cuando miles de indígenas se enfrentan hoy a la expulsión de las reservas de tigres de India? La política de expulsión viola las promesas que hacen ahora WWF y otras grandes organizaciones conservacionistas cuando hablan con la boca pequeña sobre la sabiduría de los indígenas. Sin embargo, que yo sepa, ninguna gran organización conservacionista se ha opuesto alguna vez, en algún lugar, al robo de tierras indígenas.

En los parques nacionales y otras zonas protegidas vive gente, incluso en los de toda Europa y otras partes. Estas personas son propietarias de sus tierras y gestionan sus territorios –en el interior de los parques–, como siempre han hecho. Así que repito: ¿por qué no dejan que la gente permanezca en sus tierras en India o en África?

La respuesta avergüenza a las grandes organizaciones conservacionistas que siguen avalando estos crímenes: porque pueblos como los sherpas se resistirían con firmeza a cualquier amago de expulsión. En cambio, pueblos como los “pigmeos” bakas de Camerún (expulsados y atacados sistemáticamente por guardianes apoyados por WWF) carecen de la información, de los medios y de la fuerza organizativa necesarias para ello. Simplemente se encuentran demasiado debilitados.

Los pueblos indígenas y tribales, los mejores conservacionistas, son expulsados tan solo porque no pueden oponerse. Cuando se habla de la gran conservación, olvídense de las “regiones vírgenes”: su ideología predominante es en gran medida la ley del más fuerte. Es hora de que se denuncie semejante acoso agresivo. La conservación es demasiado importante para todos nosotros como para que permitamos que las grandes organizaciones sigan patrocinando –literalmente– los disparos. Si se les deja actuar a sus anchas, menoscabarán la propia conservación.


Artículo de Stephen Corry, director de Survival International, el movimiento global por los derechos de los pueblos indígenas. Apoya nuestra campaña por un modelo de conservación de la naturaleza que respete los derechos indigenas:

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