6 de septiembre de 2018
En la prensa corre la noticia de que 87 elefantes han muerto en Botsuana, según dicen, “a manos de cazadores furtivos”, supuestamente debido a que los guardas forestales ya no llevan armas de fuego. Esto es lo que el director de Survival, Stephen Corry, piensa sobre el tema.

En la prensa corre la noticia de que 87 elefantes han muerto en Botsuana, según dicen, “a manos de cazadores furtivos”, supuestamente debido a que los agentes forestales ya no llevan armas de fuego. La información proviene de “Elephants Without Borders” (Elefantes Sin Fronteras), una ONG presente en Estados Unidos y Botsuana, que a raíz de ello ha conseguido una ingente publicidad y presumiblemente donaciones. Incluso la primera ministra británica ha tuiteado la noticia y en Change.org se ha lanzado una petición para reclamar que se arme de nuevo a los guardas forestales, con los habituales comentaristas histéricos que exigen que se dispare en el acto contra los intrusos.

Sé algunas cosas de Botsuana. Hace pocos años me declararon “enemigo público número uno” y un portavoz del Gobierno me amenazó en televisión; tengo prohibido entrar en el país. Esto se debe a que Survival International jugó un rol clave para detener el intento del Gobierno de destruir a los pueblos indígenas bosquimanas del Kalahari Central. Las autoridades les habían cortado el suministro de agua y forzado a abandonar sus tierras ancestrales. Los bosquimanos se defendieron y finalmente ganaron el pleito judicial más largo de la historia de Botsuana.

También sé algunas cosas sobre el modo en que a menudo se difunden noticias falsas en nombre de la conservación: por ejemplo, el cuento de que los terroristas de Al Shabab se financiaban con el tráfico ilegal de marfil. Esta historia todavía circula, a pesar de que Interpol ha informado de su falsedad. De hecho, la inventó un “asesor contra la caza furtiva”, exmiembro de un comando israelí, presuntamente para hacer un buen negocio. La famosa cineasta estadounidense Kathryn Bigelow realizó incluso un dibujo animado sobre el tema, que tuvo la desfachatez de relacionar falsamente la caza furtiva de elefantes con la masacre del centro comercial de Nairobi en 2013. Fue un acto de prestidigitación de mal gusto, destinado a recaudar dinero para otra ONG conservacionista, “Wild Aid”.

Leyendo más allá de los titulares sobre la última historia de Botsuana, me pregunté qué había detrás de todo ello. Antes de continuar he de decir que tengo un interés personal en el asunto. Armar a los guardas forestales comporta más abusos contra la población local, inclusive ejecuciones extrajudiciales, para “encontrar” después las “pruebas” junto a los cadáveres, y nunca un “cazador furtivo” ha salido vivo para responder por sí mismo. Los guardas forestales son un flagelo para los bosquimanos, a los que golpean regularmente. Los acusan de provocar un declive de la fauna salvaje que ellos no causaron. El desarme de los guardas forestales fue un paso adelante a favor de los derechos humanos en Botsuana, y puesto que llevo más de 45 años trabajando por los derechos de los pueblos indígenas, por supuesto que tengo un interés personal en asegurar que esa decisión progresista no se revierta.

Asimismo debo dejar claro que estoy totalmente a favor de proteger manadas de elefantes sanos y personalmente he dedicado muchas horas a admirar a esas magníficas y nobles criaturas. Pero también admito que actualmente existen demasiados elefantes en el sur de África. En un único parque de Botsuana, el de Chobe, se reconoce que hay siete veces más elefantes que los que puede soportar el entorno natural. Los animales son ahora una amenaza para la biodiversidad y otras especies, y si no se reduce de alguna manera su número, inevitablemente acabarán sufriendo y muriendo por sí mismos. La población de elefantes se duplica más o menos cada diez años, y al igual que otros herbívoros, necesitan depredadores para que sus manadas se mantengan sanas; suena cruel, pero si a alguien no le gusta, que culpe a la naturaleza.

Hace dos días, el Gobierno de Botsuana ha emitido una nota de prensa en la que califica de “falsa y engañosa” la información de Elephants Without Borders, y afirma que en realidad se ha contabilizado poco más de la mitad del número indicado de cadáveres de elefantes, que el recuento abarca un periodo de varios meses y que muchos de los animales murieron de muerte natural.

De todas formas, el propio Gobierno contrató a Elephants Without Borders para contar los elefantes, así que ¿cómo es que la ONG informa de cosas que su propio empleador descalifica diciendo que son “falsas”?

Desconozco la respuesta, pero existen muchos intereses creados que conviene tener en cuenta antes de dar crédito a la información. Uno es que la “conservación-fortaleza” armada hasta los dientes es promovida con fuerza por las ONG conservacionistas, cuya actual política oficial sobre “consultar” a la población local es puro teatro. Lo cierto es que no quieren perder el control sobre vastos territorios de África y siguen creando zonas protegidas donde prohíben a las poblaciones locales, muchas de ellas indígenas, acceder a su territorio tradicional. La conservación, generalmente alabada como algo “progresista” en Occidente, a menudo es despreciada en África como otra forma colonial (blanca) de robo de tierras.

Un buen ejemplo de que las cosas no son lo que parecen es que grandes organizaciones conservacionistas financian el conservacionismo militarizado, que conduce a persecuciones y asesinatos extrajudiciales. Hace unos años Conservation International (CI) fue desenmascarada, ofreciendo un lavado de imagen verde a una fábrica de armas a cambio de una importante donación. En realidad fue una trampa tendida por un periodista, pero el hecho es que un alto cargo de la empresa Northrop Grumman es miembro de su consejo de administración y que la fábrica de armas financia a CI con cantidades millonarias. Está claro que los fabricantes de armas tienen un interés económico en que el mayor número de personas estén armadas.

¿Es posible, por tanto, que la historia de los elefantes de Botsuana sea otro contraataque del conservacionismo militarizado frente al modelo “basado en derechos” que reclaman actualmente Naciones Unidas, expertos en derechos humanos y muchos ambientalistas africanos? ¿O acaso se trata de un intento local de generar clamor para rearmar los guardas forestales de Botsuana? Después de todo, el expresidente Ian Khama, un general nacido en el Reino Unido, fue el personaje clave en el intento de destruir a los bosquimanos y de imponer la “conservación fortaleza”. Ha sido miembro del consejo de administración de Conservation International y su hermano sigue activo como ministro de Conservación y Turismo.

Elephants Without Borders también ha sido financiada por la empresa turística Wilderness Safaris, que cuenta con campamentos de lujo en tierras de los bosquimanos –sin su permiso, por supuesto– y que pertenece (o ha pertenecido) en parte al mismísimo Ian Khama.

Tal vez no conozcamos nunca el trasfondo real. Las organizaciones conservacionistas ricas se apresuran a silenciar las críticas con amenazas de acudir a los tribunales u ofertas de “safaris” de cinco estrellas, y la combinación de “palo y zanahoria” suele disuadir a la mayoría de investigadores. De todos modos, podemos estar seguros de que la maquinaria de propaganda conservacionista seguirá bombardeando al mundo, como ha hecho durante décadas, con historias sobre la extinción del elefante africano, siempre “inminente” y habitualmente proyectada unos veinte años hacia el futuro (por cierto que se predijo por primera vez en 1908), Si esta tragedia llegara a ocurrir alguna vez, por muy improbable que sea, constituirá un crimen que habría que imputar a la propia “conservación fortaleza”, que hace que muchos habitantes locales de África la miren con muy malos ojos debido a sus prácticas autoritarias y a menudo abiertamente racistas. La “conservación fortaleza” provoca el aumento de la caza furtiva.

La propia “conservación fortaleza” constituye una amenaza para el medio ambiente. Si no se abandona, me atrevo a predecir la extinción de zonas protegidas en África, tal vez dentro de un par de generaciones. ¿De verdad vamos a permitir que las grandes organizaciones de conservación de la naturaleza colonialistas nos conduzcan a este funesto destino?

Apéndice del 10 de septiembre de 2018

Hasta donde sabemos, la BBC fue el primer medio que citó a Mike Chase cifrando en 87 el número de elefantes muertos por “cazadores furtivos”.

Elephants Without Borders ha ignorado las preguntas que les hemos formulado.

En realidad, los guardas forestales no estaban totalmente desarmados, sino que solo les habían retirado las armas militares pesadas, que llevaban ilegalmente con el beneplácito del anterior presidente (el general Khama). La Fuerza de Defensa de Botsuana (el ejército) todavía patrulla en muchas zonas. Por tanto, la afirmación de que los “asesinatos” se deben al “desarme” de las fuerzas que combaten la caza furtiva carece de fundamento.

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