Mujer nukak, Colombia, 2017. Más de la mitad del pueblo indígena nukak murió tras el primer contacto por enfermedades y por la violencia brutal que sufrieron a manos de los invasores que les robaron sus tierras.
Mujer nukak, Colombia, 2017. Más de la mitad del pueblo indígena nukak murió tras el primer contacto por enfermedades y por la violencia brutal que sufrieron a manos de los invasores que les robaron sus tierras.
© Survival International

Se dijo que la batalla con las FARC quebró Colombia en dos. En realidad, las fracturas que dejó el conflicto armado más largo de la historia de Latinoamérica son tan profundas que algunas cosas ya son irreversibles. Pero buena parte de ellas, aunque tienen solución, todavía están a la espera de medidas efectivas para empezar a poner fin al desastre.

Es el caso del desplazamiento y la usurpación de tierras que ha vivido la comunidad nukak, los últimos nómadas de Colombia. Sin tierras donde poder pescar, cazar y recolectar, los nukaks han quedado recluídos en una suerte de campo de refugiados donde muchos enferman, caen en las drogas y la bebida y tienen comportamientos violentos con los suyos.

“Tuviste suerte, hace un par de años esta era tierra prohibida”, me dice el conductor mientras nos desplazamos en dirección a la selva por el barro color ladrillo de los llanos, en la región del Guaviare (Colombia). Y tiene razón. Soy la primera investigadora de Survival International que puede visitar las comunidades indígenas de la tribu nukak que viven a lo largo del río Guaviare. Solo dos años atrás, acá reinaba la violencia indiscriminada del conflicto armado más largo de la historia de América Latina.

Colonos con sombreros de vaquero dedican duras miradas a la camioneta que atraviesa su propiedad. Alrededor solo hay vacas y árboles. “Saluda al cielo, dentro de poco no lo verás más”, bromea el conductor. Apenas alcanzo a ver desde la ventana la inmensidad azul sobre nuestras cabezas, cuando el verde exuberante de la naturaleza lo oculta todo por completo. Estamos entrando en la Amazonía colombiana. Contengo la respiración: voy al encuentro de los llamados “últimos pueblos nómadas de Colombia”.

Cuando llegamos a Charras la magia del viaje desaparece de repente. Lo que encuentro ante mí es un campo de refugiados, y no una de esas hermosas aldeas indígenas a las que me ha acostumbrado mi trabajo de campo para Survival. Solo diviso pequeñas casas desmoronadas con techos de zinc, bajo un sol sofocante. Los niños, con ropa sucia, saltan sobre el auto. Algunas mujeres, sentadas en el piso mientras tejen brazaletes, me observan con mirada de acero. Solos, esos ojos, cuentan mucho.

Estos nukaks son sobrevivientes. Su comunidad fue una de las primeras en ser forzada a abandonar el estado de aislamiento en el que vivió hasta la década de 1960. Desde que en 1988 comenzaron los primeros contactos regulares, la mitad de la población nukak murió por enfermedades como la malaria y la gripe, frente a las que no han desarrollado inmunidad, y por la violencia de madereros y cocaleros que se han apoderado de sus tierras y recursos. “Cuando era niña, mi padre murió, luego mi madre murió y todos mis hermanos murieron. Estaban todos muy enfermos, tosían mucho, tenían dolores de cabeza, vomitaban. Ahora todos están muertos”, dice la primera mujer que tiene ganas de hablar conmigo.

Hasta hace poco tiempo, los nukaks eran indígenas nómadas cazadores-recolectores y vivían en pequeños grupos en las cabeceras de los ríos Inírida y Guaviare, en la Amazonía colombiana. Para cazar usaban (y todavía usan cuando pueden) cerbatanas. Eran capaces de lanzar a gran distancia y con una precisión enorme los dardos impregnados con curare, un veneno hecho de hasta cinco plantas diferentes. Se movían continuamente y, cuando se cansaban, construían refugios ligeros a base de madera y hojas de palma, lo suficiente para colgar debajo una hamaca y resguardarse de la lluvia.

Ahora no queda ni rastro de esas casas ligeras y frescas. La espesa vegetación de la jungla te quita el aire. La mayoría de los antiguos cazadores-recolectores se han visto reducidos a refugiados sedentarizados, que no pueden cazar ni pescar como antes. Tampoco tienen ya cerbatanas y, si bien intentaron reemplazarlas por tubos de metal, no cuentan con el espacio necesario que requiere la caza. Para comer dependen de la ayuda del Gobierno o trabajan como recolectores de coca (raspachines). Son víctimas de enfermedades como la tuberculosis y sufren malnutrición. Alienados y sin esperanza, muchos consumen drogas y alcohol. Proliferan la violencia doméstica y los abusos sexuales. No pocos recurren al suicidio.

Pienso con amarga ironía en todos esos periódicos desde The New York Times hasta La Repubblica que en mayo de 2006 anunciaban, refiriéndose a los nukaks: “Se convierten a la civilización después de haber vivido, siempre, en la Edad de Piedra”.

Desafortunadamente es una historia que ya hemos visto. Se describe a los pueblos indígenas como atrasados y primitivos simplemente porque sus modos de vida comunitarios son distintos. Y, mientras, las sociedades industrializadas los someten a una violencia genocida, a la esclavitud y al racismo para poder arrebatarles sus tierras, recursos y mano de obra en nombre del “progreso” y de la “civilización”.

Parece que el encuentro trágico con nuestra sociedad no ha traído nada bueno a los nukaks: “Aquí tenemos hambre. Antes no andábamos pidiendo al Gobierno. Estábamos mejor antes. Ha pasado mucho tiempo desde que comimos algo la última vez. Extraño el pez, el pescado … No hay nada aquí”. El contraste entre lo que eran y lo que veo es sobrecogedor: ¿qué ha sucedido con los nukaks?

Como muestra el informe de Survival International “El progreso puede matar”, para los pueblos indígenas la pérdida de tierra y de autosuficiencia, que suele producirse tras el contacto con sociedades industrializadas, puede traer consecuencias devastadoras. Especialmente para los pueblos indígenas no contactados.

Las múltiples caras de la violencia

Según la Organización Nacional Indígena de Colombia (ONIC), de los 102 pueblos indígenas que habitan en el país 65 están en riesgo de extinción física y cultural, los nukaks entre ellos.

En 1993, el territorio que los nukaks habían habitado durante generaciones fue legalmente reconocido como Resguardo Nukak gracias a una campaña global desarrollada por Survival International, ONIC y otras organizaciones. Sin embargo, el conflicto armado que estalló entre las FARC y el Gobierno también se cebó con este territorio rico en recursos, que acabó convirtiéndose en un perfecto escondite para las guerrillas.

Como consecuencia de las minas que grupos armados diseminaron por el territorio, muchos nukaks dejaron de adentrarse en la selva para cazar. Otros huyeron tras ver que sus tierras habían sido ocupadas por cultivadores de coca y/o se encontraban bajo el control de la guerrilla. Se trasladaron a aldeas improvisadas cerca de San José del Guaviare o a campamentos provisionales en las proximidades del río Guaviare y del resguardo, sin acceso a atención médica o protección para las víctimas del conflicto armado.

Entre los niños malnutridos y con los dientes cariados, por los dulces que compran con las limosnas que consiguen en las excursiones “a la ciudad”, llama especialmente la atención un joven con un corte de pelo militar cuidado con esmero. Tiene un cuerpo disciplinado y dientes muy blancos. Su español es perfecto. Al principio no me sorprende tanto. Aunque muchos nukaks no hablan español (y yo no hablo ni una palabra de nukak), siempre me topo con algunos hispanohablantes por aquí y por allá que hacen que mi investigación sea mucho más fácil. Durante los años del primer contacto, debido a la propagación de enfermedades previamente desconocidas, muchos niños quedaron huérfanos y fueron adoptados por los vecinos “colonos”, cuya lengua materna era claramente el español.

Pero hay algo más en este muchacho… “Los guerrilleros me reclutaron cuando tenía 8 años (…) Nunca volví a ver a mi madre. Me prohibieron hablar nukak. La vida en la jungla fue muy difícil: viví allí por más de 10 años”, explica, y me muestra una herida de bala. Es de hace tiempo, de cuando todavía era un niño. Ahora es “un desmovilizado”, como denominan los colombianos a los exguerrilleros que depusieron las armas después del tratado de paz. Y no es el único: muchos nukaks como él fueron carne de cañón durante la guerra, y su profundo conocimiento de la selva los convirtió en “preciados” guías.

Alguien me sugiere que hable con María, una de las pocas “ancianas” del pueblo. Cuando finalmente la encuentro, María inmediatamente me pone en mi lugar: “Jenawen es mi nombre. Los colonos me pusieron María. Pero yo no soy María”. En ese momento me percato por primera vez de mi error de interpretación. Todas las Sofías, Sandras y Luises a quienes conocí no son el ejemplo de una colonización exitosa, sino de la astucia de la resistencia. Detrás de una aparente sumisión a los códigos de los colonos, los nukaks guardan tenazmente su memoria colectiva.

El Gobierno, las instituciones, la escuela, la iglesia los han sometido a la discriminación y al racismo: les han prohibido hablar su idioma, pintarse la cara e incluso usar sus propios nombres. Intentaron borrar su identidad. “Nosotros tenemos nuestro camino, tenemos que pensar bien", me dice una mujer nukak. “Hoy estamos peor, no hay enseñanza, no hay lenguaje. Ya no estamos pensando antiguo, estamos volviéndonos kawenes (blancos). Los kawenes se emborrachan y golpean con el machete, nosotros no hacíamos eso. Durante muchos años, los mayores han tomado decisiones sobre el territorio. Los hombres tomaban decisiones diferentes de las mujeres. Teníamos nuestra pintura y el físico nukak. Ahora no lo tenemos. Ahora no tenemos color”.

La Paz que se hace de rogar

El acuerdo final para la terminación del conflicto y la construcción de una paz estable y duradera, firmado en 2016 entre el Gobierno colombiano y las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia), incorporó un capítulo étnico en el que se hace mención especial a los nukaks y donde se establece el retorno, el desminado y la restitución de su resguardo.

arecía todo un hito. Sin embargo, el regreso de los nukaks a su tierra sigue siendo un espejismo. Grupos disidentes deambulan por el área y el territorio no ha sido desminado aún. El Gobierno, muy ocupado con los innumerables acuerdos y dificultades del período de la posguerra, no parece creer que los pocos nukaks restantes sean una prioridad.

Junto con algunas organizaciones indigenistas de Colombia, los nukaks han respondido a esta indiferencia tratando de organizarse y dar vida a la primera asamblea del pueblo nukak. Aunque el proceso de organización de un pueblo indígena nómada está sujeto a debate en los círculos de la antropología colombiana, no se puede negar que su nuevo líder, Manuel, tiene las ideas muy claras. "Queremos regresar a nuestro territorio. ¿Por qué hablamos de territorio? Ahí donde es nuestro territorio, ahí lo tenemos todo. Ahí tenemos nuestros alimentos, nuestra subsistencia. Donde tenemos todos los conocimientos, las enseñanzas para los jóvenes”.

Aunque Colombia ha sido testigo de este caso dramático de contacto forzado, que ha llevado a los nukaks al riesgo inminente de extinción, el Gobierno colombiano aún no ha aprobado una política pública sobre pueblos indígenas no contactados. Sin embargo, reconocer su existencia y sus derechos territoriales es esencial para evitar su desaparición: si sus tierras no son protegidas, para los nukaks y los otros pueblos indígenas no contactados de Colombia será la catástrofe.

Este vacío legislativo es un reflejo de la falta de atención que reservan los gobiernos y las instituciones a estos pueblos. Una indiferencia tal vez dictada por el hecho de que “no tienen voz ni voto”, como me dijo un experto de pueblos indígenas no contactados de Colombia. Y tal vez también de la persistencia de los prejuicios y el racismo contra de ellos.

Sin embargo, los indígenas aislados no son atrasados ni reliquias primitivas de un pasado remoto. Son nuestros contemporáneos y representan una parte esencial de la diversidad humana. Donde sus derechos se respetan, continúan prosperando. Su conocimiento es irremplazable y se ha desarrollado a lo largo de miles de años. Desde Survival International estamos haciendo todo lo que podemos para garantizar la protección de sus tierras y para que tengan la oportunidad de decidir su propio futuro.

El regreso de los colores

La aldea nunca está en silencio. A menos de un kilómetro de distancia hay un campo para excombatientes. Tres exguerrilleros que pasan por ahí me miran con desconfianza. Los nukaks los ignoran. Cuando comienza a anochecer, unas mujeres de pelo corto me llevan al campo de fútbol. Las mismas personas que hace dos minutos tenían puestas unas camisetas regaladas por los candidatos políticos de turno, ahora se pintan el cuerpo. Bailamos al ritmo de sus voces. Los niños y niñas hacen para mí un ritual de bienvenida: “como hacíamos allá”, me informa Jenawen al tiempo que señala un punto en la oscuridad de la noche… “¿dónde?", pregunto; “allá, en el monte”. Es la primera vez que la veo sonreír. No creo lo que ven mis ojos. Ríen, cantan, saltan sobre el fuego. Todavía son ellos.

Una mujer canta una hermosa canción en la lengua nukak. Un hombre a mi lado mira al vacío. Un niño con la cara quemada pasa a mi lado. Jenawen me dice que estaba esnifando gasolina cuando un amigo le pasó un encendedor por la cara… Miro hacia el monte, y deseo con todo mi ser que algún “incivilizado” todavía esté allí, en la jungla, sonriendo, lleno de colores.


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