La historia de Karapiru: a la fuga

En su lengua, su nombre significa “Halcón”. Pero incluso con la agudeza visual de dicho animal, Karapiru no podría haber anticipado la tragedia que cayó sobre su pueblo, los awás del noreste de Brasil. Así comienza su conmovedor relato.

Nunca podría haber imaginado el día en que tendría que huir para salvar su vida y adentrarse en lo más profundo de la selva, con un balazo quemándole la espalda, y su familia asesinada por los pistoleros. Tampoco podría haber sabido que ese día sería el primero de una década de soledad y silencio.

La tierra ancestral de Karapiru se encuentra en el estado de Maranhão, entre las selvas ecuatoriales de la Amazonia en el oeste y las sabanas en el este. Para los indígenas awás, esta tierra solo tiene un nombre: Harakwá, o “el lugar que conocemos”.

Los 460 miembros del pueblo indígena awá viven cazando pecaríes, tapires y monos, viajando alrededor de la selva con arcos de más de dos metros de longitud y recolectando productos silvestres: nueces de babaçu, bayas de açaí y miel. Se piensa que algunos alimentos tienen propiedades especiales y otros, como los buitres, los murciélagos y el perezoso de tres dedos, están prohibidos. Los awás también viajan de noche, alumbrando el camino con antorchas hechas con resina de árbol.

Hombre awá cazando.
Hombre awá cazando.
© Survival

La tribu cría a animales que han quedado huérfanos y los adopta como mascotas, comparte sus hamacas con los coatíes, que parecen mapaches, y se reparten los mangos con verdes periquitos. Las mujeres awás incluso amamantan a monos capuchinos y aulladores y se sabe que también lo han hecho con pequeños cerditos.

El año de los awás se divide en “sol” y “lluvia”; las lluvias están controladas por seres celestiales llamados mairas que vigilan enormes embalses en el cielo. Cuando hay luna llena, los hombres awás, con el pelo moteado de las blancas plumas del zopilote real, entran en comunión con los espíritus a través de un trance inducido por cánticos. Es un ritual sagrado que dura hasta el amanecer.

Hombres awás bailando.
Hombres awás bailando.
© Survival

Durante siglos su modo de vida había sido una perfecta simbiosis con la selva. Y entonces, en tan solo cuatro décadas, fueron testigos de la destrucción de su hogar (más del 30% de uno de sus territorios ya ha sido arrasado) y del asesinato de su pueblo a manos de los karaí, o “no indígenas”. En la actualidad no solo son una de las últimas tribus cazadoras-recolectoras de Brasil, sino también la tribu más amenazada de la Tierra.

La estremecedora historia de Karapiru comienza realmente con un descubrimiento por casualidad hace 45 años, cuando unos geólogos estadounidenses se encontraban realizando una exploración aérea de los recursos minerales de la región. El helicóptero necesitaba repostar y el piloto decidió aterrizar en un claro en lo alto de una cumbre de las montañas de Carajás. Uno de los geólogos, en un momento ahora famoso, reparó en unas rocas gris oscuro que había esparcidas por el suelo, y las identificó como el mineral del que se extrae el hierro. Lo cierto es que el suelo bajo sus pies contenía lo que una revista geológica describió posteriormente como “una gruesa capa de jaspilitas y lentes de hematita dura”. Hablando en plata, los exploradores acababan de tomar tierra en el yacimiento de hierro más rico del planeta.

El descubrimiento dio rápidamente lugar al desarrollo del Proyecto Gran Carajás, un plan agroindustrial financiado por Estados Unidos, Japón, el Banco Mundial y la Comunidad Económica Europea. Consistía en una presa, refinerías de aluminio, campos de turba y ranchos de ganado. Se construyeron carreteras asfaltadas que destruyeron enormes extensiones de bosque tropical primario y una vía de ferrocarril de larga distancia que atravesaba el territorio de los awás en su recorrido de 900 km hasta la costa, todo ello para llevar a los trabajadores y sacar el mineral. Pero la guinda industrial del proyecto era una sima excavada en el suelo de la selva, de tal tamaño que podía verse desde el espacio, y que, con el tiempo, se convertiría en la mina a cielo abierto más grande del mundo.

© Peter Frey/Survival

El Proyecto Gran Carajás resultó devastador para el medio ambiente de la región y sus pueblos indígenas, a pesar de que, a cambio del préstamo de mil millones de dólares, los organismos financiadores habían pedido a Brasil que garantizara que sus territorios indígenas serían demarcados y protegidos.

Sin embargo, se podía hacer una fortuna con la selva, por lo que un torrente de ganaderos, colonos y madereros pronto comenzaron a llegar en manada a la zona. Las enormes excavadoras se hundieron en la tierra, atravesando capas de suelo y roca hasta llegar al mineral de hierro, la bauxita y el manganesio. Los ríos fueron contaminados; antiquísimos árboles fueron talados y quemados. El negro de las cenizas del carbón vegetal reemplazó el profundo verde de la vegetación de la selva. Harakwá pasó a ser un infierno contaminado, lleno de cicatrices y barro.

Para los prospectores, los indígenas awás no eran sino un obstáculo en su particular busca del tesoro; un incordio primitivo que debía ser talado junto con los árboles. La tribu se interponía entre ellos y los dólares que extraerían de las rocas.

Así que se dispusieron a aniquilarlos.

Algunos fueron bastante originales con sus asesinatos: varios awás murieron después de comer harina condimentada con matahormigas, un “regalo” de un agricultor local. A otros, como a Karapiru, los dispararon allí donde los encontraron: en su casa, delante de sus familias.

Karapiru creyó que era el único miembro de su familia que había sobrevivido a la masacre. Los asesinos mataron a su mujer, a su hijo, a su hija, a su madre, a sus hermanos y a sus hermanas. Otro de sus hijos fue herido y capturado.

Gravemente traumatizado, Karapiru escapó a la selva, con una bala de plomo incrustada en la espalda. “No tenía manera de curar la herida. No podía echarme medicina en la espalda, y sufrí mucho”, contó a la investigadora de Survival Fiona Watson. “El plomo me quemaba la espalda, sangraba. No sé cómo no se me llenó de insectos. Pero conseguí escapar de los blancos”.

Karapiru pasó los diez años siguientes huyendo. Caminó casi 700 kilómetros por las colinas boscosas y las llanuras del estado de Maranhão, cruzando las dunas de arena de las restingas y los anchos ríos que fluyen hacia el Atlántico.

Estaba aterrorizado, hambriento y solo. “Fue muy duro”, le dijo a Fiona Watson. “No tenía familia que me ayudara, y nadie con quien hablar”. Sobrevivió comiendo miel y pequeñas aves amazónicas: periquitos, palomas y tordos de vientre rojo. Por la noche, cuando los monos aulladores gritan desde las copas de los árboles, dormía entre las altas ramas de los árboles de la copaiba, entre las orquídeas y las lianas de ratán. Y cuando el dolor y la soledad se hacían demasiado fuertes, hablaba en voz baja consigo mismo o tarareaba mientras caminaba. “A veces no me gusta recordar todo lo que me pasó”.

Más de una década después de presenciar el asesinato de su familia, Karapiru fue avistado por un agricultor en las afueras de una ciudad en el vecino estado de Bahia. Estaba caminando por un trozo de selva calcinada y llevaba consigo un machete, algunas flechas, algunos recipientes con agua y un pedazo de jabalí ahumado.

Intercambiaron saludos:

Karapiru siguió al agricultor hasta el pueblo, donde se pudo quedar con uno de los hombres de la comunidad a cambio de cortar madera. Pronto corrió la voz de que un indígena solitario y “desconocido”, que hablaba una lengua que nadie más podía entender, había emergido de la selva.

Era un hombre que había pasado diez años “huyendo de todo” salvo de su pena. “Fue muy triste”, rememoró. Pero, al igual que “Halcón” no podía haber previsto sus largos años de sufrimiento, tampoco podía anticipar la alegría que pronto llegaría.

Lee la segunda parte de la extraordinaria historia de Karapiru →



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