WWF y el racismo: la indignación al revés

Artículo escrito por Fiore Longo en junio de 2026. Fiore es antropóloga y directora de las oficinas en francés y español de Survival International, el movimiento mundial por los derechos de los pueblos indígenas. Dirige la campaña “Descolonizar la conservación de la naturaleza”, para la que ha visitado a numerosas comunidades que se enfrentan a violaciones de derechos humanos en Asia y África. También imparte clases en Sciences Po París. "Décolonisons la protection de la nature" es su primera obra, publicada por Éditions Double Ponctuation en 2023.
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El pasado 28 de mayo se generó un revuelo en Francia que ha tenido un enorme impacto mediático: la presidenta de WWF Francia, Alexandra Palt, se vio obligada a dimitir, no por silencio ante los actos de violencia contra los pueblos indígenas en los que WWF ha estado implicado desde su creación en 1961, sino porque el 4 de abril participó en una concentración antirracista en Saint-Denis.
La cobertura que esto ha desencadenado en el país habla por sí misma: como si el hecho de que WWF no sea una organización antirracista fuera noticia.
Para alguien como yo, que lleva diez años investigando desde Survival International casos de brutales abusos y recopilando testimonios de víctimas de WWF, lo verdaderamente alucinante es el revuelo general que esto ha causado.
Y no solo por las bien documentadas raíces coloniales de la organización (seguro que lo que diré ahora llame la atención de muchos y nos valga la etiqueta de “radicales”): WWF no solo no es una organización que no es antirracista, sino que sus prácticas, documentadas, sistémicas y persistentes, producen efectos que solo pueden calificarse como racistas.
¿Cómo calificar si no el apoyo financiero que brinda a guardaparques que dan palizas, violan y torturan a personas indígenas? ¿O a su lobby para crear parques nacionales, reservados a turistas y científicos, sobre territorios que habitan comunidades indígenas desde tiempos inmemoriales? ¿O al hecho de haber ignorado, ocultado y hasta archivado en un cajón todas las investigaciones que apuntaban a violaciones de derechos humanos directamente ligadas a sus operaciones?
¿Qué es el racismo sino invisibilizar y deshumanizar al otro? ¿Justificar y normalizar crímenes contra ese otro en nombre de características consideradas inferiores o arcaicas?
Cuando gente del Pueblo Baka, cazadores-recolectores de la cuenca del Congo, me dicen cosas como “para WWF los animales valen más que nosotros” o “sufrimos palizas terribles sin haber hecho nada. Cuando nos ven, los guardaparques nos golpean con sus machetes”, ¿qué es esto, sino racismo puro y duro?
Lo más revelador es la justificación que esgrimió el consejo de administración para empujar a la señora Palt hacia la puerta de salida: “Nuestra organización lleva desde su fundación luchando para que no haya ninguna duda sobre su apoliticismo”.
Pero ¿qué tiene de apolítico colaborar con gobiernos brutales para proteger territorios en nombre de la conservación de la naturaleza? ¿Y asociarse con industrias depredadoras? ¿O haber puesto al frente de sus propios órganos de dirección a reyes, exnazis y antiguos consejeros delegados de multinacionales contaminantes como Shell o Coca-Cola?
Nada de esto es apolítico. Y todo ello impide a WWF enfrentarse a los verdaderos responsables de la destrucción medioambiental, traicionando así incluso su propia causa.
Pronto Alexandra Palt, ahora ya expresidenta de WWF y también exdirectora general de la Fundación L'Oréal, pasará a otra cosa. Los baka, en cambio, no tienen ni consuelo ni restitución de sus territorios.
WWF acaba de mostrar su verdadero rostro.
Es hora de exigir consecuencias.
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