Información de contexto

Refugiados de la conservación

En todo el mundo, millones de personas, la mayoría de ellas indígenas, han sido ilegalmente expulsadas de sus tierras ancestrales en nombre de la conservación de la naturaleza. Sólo en la India, cientos de miles de personas han sido expulsadas de parques y más de tres millones viven dentro de los mismos, con la constante amenaza de ser desplazados.

Muchas expulsiones han sido brutales, y prácticamente sin avisar. Comunidades que antes cazaban, recolectaban, criaban ganado o cultivaban en una zona determinada, se ven ahora viviendo miserablemente fuera de los parques, se los trata como a furtivos o criminales si alguna vez se atreven a entrar en ellos.

Un comunicado del Foro Indígena en una conferencia internacional en 2004 resumió esta situación: “Primero nos quitaron nuestra tierra en nombre de reyes y emperadores, luego en nombre del desarrollo del Estado, y ahora en nombre del conservacionismo”.

Las consecuencias de las expulsiones

El impacto para las comunidades es igual de negativo cuando pierden su tierra debido a proyectos de conservación de la naturaleza que cuando las pierden debido a otros “proyectos de desarrollo” como minas o presas. Sus vidas y su sustento resultan devastados.

En el pasado autosuficientes e independientes, los refugiados de la conservación se ven completamente dependientes de las ayudas de terceros.

Muchos pigmeos en África central han sufrido enormemente tras haber sido expulsados de sus selvas.
Muchos pigmeos en África central han sufrido enormemente tras haber sido expulsados de sus selvas.
© Salomé/Survival

Esto sumerge a la comunidad en la pobreza y todo lo que conlleva: mala salud, mala nutrición, una gran angustia y enfermedades mentales. Los refugiados de la conservación a menudo sufren el racismo y son discriminados por las autoridades y/o la sociedad no indígena a la que se los empuja.

Un viuda twa de una zona que ahora es el Parque Nacional Kahuzi-Biega de la República Democrática del Congo, describe su expulsión:

“No sabíamos que venían. De repente uno de ellos forzó la puerta de nuestra casa y empezó a gritar que nos teníamos que ir inmediatamente porque el parque no es nuestra tierra. Al principio no entendía de lo que estaba hablando porque todos mis antepasados han vivido en estas tierras”.

Masai en el poblado manyatta de la Reserva de Caza de los masai mara, Kenia.
Masai en el poblado manyatta de la Reserva de Caza de los masai mara, Kenia.
© Gianalberto Zanoletti/Survival

No debería ser motivo de sorpresa, por tanto, que los pueblos indígenas que han sido expulsados de sus tierras dejen de ser los “conservacionistas originales” y pasen a ser los “enemigos de la conservación”, como dijo el líder masai Martin Saning’o a un grupo de conservacionistas.

Separar a las comunidades de sus tierras en nombre del conservacionismo medioambiental genera pobreza, resentimiento y enfado, y todos ellos hacen más difícil la misma conservación de la naturaleza.

El “pueblo de la selva”

Los wanniyala-aettos, o “pueblo de la selva”, de Sri Lanza han sido expulsados de su antiguo territorio, que ahora se encuentra en el Parque Nacional de Maduru Oya. En 1983, el Gobierno declaró ilegal sus medios de vida basados en el bosque.

Los wanniyala-aettos ya han perdido gran parte de sus tierras por culpa de las presas, los colonos y la tala. Maduru Oya era su último refugio.

Tapal Bandialetto, un hombre waniyala-aetto, dijo: “Si la próxima generación se queda aquí, aprenderán a beber, a fumar y a apostar. Todas las cosas malas.

Deben volver a la selva mientras aún son jóvenes, y volver al sistema tradicional. Nosotros teníamos nuestro propia medicina, nuestra propia educación. Todas esas cosas se están perdiendo.”

Escapar por los pelos

Los mursis del valle del Omo en Etiopía escaparon por los pelos a un destino similar.

Mursi, Sudoeste de Etiopía.


© Edward Mendell/Survival

En 2006, una organización neerlandesa, African Parks Foundation (APF) firmó un acuerdo con el Gobierno que otorgaba a APF, de facto, poderes de control policial, lo que les permitía criminalizar a los mursi en su propia tierra.

Se produjo una oleada de indignación internacional y Survival escribió a APF para advertirles de que estaban siendo cómplices en la violación de los derechos de los mursi y sus vecinos. Poco después, APF se retiró del parque.

Acceso denegado

Para muchos pueblos indígenas, un nuevo parque no solo supone que pierden sus hogares, sino que también pierden tierras que son de vital importancia para ellos: se les deniega el acceso a sus lugares sagrados o las tumbas de sus antepasados, no pueden obtener plantas medicinales o sagradas y son incapaces de encontrar recursos suficientes para la vida diaria.

Mursi, Sudoeste de Etiopía
Mursi, Sudoeste de Etiopía
© Edward Mendell/Survival

De repente, los recursos de los que un pueblo indígena siempre ha dependido no están disponibles. Si cazan en el parque son “furtivos”. Si recolectan los recursos que siempre han utilizado, pueden ser multados o incluso encarcelados.

Algunos proyectos conservacionistas ofrecen compensación en forma de “medios de vida alternativos”, pero muy a menudo estos no tienen en cuenta las necesidades y los valores de los indígenas, llegan a muy pocas familias y, en general, son “demasiado escasos y llegan demasiado tarde”.

Frenar las expulsiones

La expulsión o exclusión de los pueblos indígenas de sus tierras tradicionales es inmoral e ilegal y tremendamente dañina. Survival suscribe el Código Bennett, que pide a las organizaciones conservacionistas que firmen un código de conducta que les prohíba trabajar en zonas de donde pueblos indígenas han sido expulsados.

También da a las comunidades indígenas una vía para buscar justicia si consideran que han sido maltratadas por una organización conservacionista.

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